Estoy parado sobre la espalda de un hombre, lo asfixio mientras hago que me lleve a cuestas y, sin embargo, me convenzo a mí mismo y a los demás de que siento compasión por él y deseo aliviar su carga por todos los medios posibles… excepto bajándome de su espalda
León Tolstói
La empatía es la una capacidad humana indispensable para la convivencia, comprender el sufrimiento ajeno y actuar con consideración hacia los demás. Sin embargo, en los últimos años ha ocurrido una transformación inquietante. Lo que antes era una virtud moderadora se ha convertido en una exigencia moral absoluta. No basta con comprender al otro; se exige sentir exactamente lo mismo, asumir su causa como propia y suspender cualquier cuestionamiento racional que resulte incómodo.
Es este fenómeno el que Gad Saad ha denominado “empatía suicida” en su más reciente libro ‘Suicidal Empathy. Dying to be kind’ (2026, HarperCollins), donde afirma que, cuando la compasión no es limitada por la razón, se convierte en una fuerza destructiva para las sociedades democráticas.
El argumento resulta pertinente cuando la política abandonó el terreno de los argumentos para instalarse en el de las emociones. La esfera pública contemporánea se organiza en una competencia permanente por el sufrimiento. Los grupos políticos, ideológicos y mediáticos descubrieron que, al monopolizar la condición de víctima, adquiere una poderosa autoridad moral. Y con ello, toda crítica se ve como agresión, discriminación o falta de sensibilidad.
“Empatía suicida” se entiende como una defensa de la racionalidad frente la “hipertrofia moral de la compasión” de Saad. Su tesis fundamental es que la empatía es una virtud indispensable, pero cuando se vuelve ilimitada y deja de estar guiada por la razón, puede transformarse en una fuerza autodestructiva para individuos, instituciones y civilizaciones enteras.
La democracia liberal nació para evitar que las emociones colectivas gobernaran la vida pública. Los Estados de derecho se diseñaron para someter las pasiones a reglas, instituciones y procedimientos. La justicia no debía depender de la simpatía que despertara una persona. Sin embargo, asistimos a un proceso inverso. La emoción reclama supremacía sobre la razón. La experiencia subjetiva pretende imponerse sobre la evidencia y exige convertirse en criterio político.
México no es ajeno a esta tendencia. El discurso oficial de la 4T ha construido su legitimidad sobre una política de agravios históricos, víctimas permanentes y culpables colectivos. El pasado es un arsenal emocional para movilizar adhesiones en el presente. La historia se transforma en una herramienta de reivindicación sentimental.
La consecuencia es una polarización donde los ciudadanos dejan de ser individuos para convertirse en representantes de identidades enfrentadas. Pero toda sociedad que renuncia a la razón para entregarse exclusivamente a la emoción termina debilitando sus propios mecanismos de supervivencia. La compasión sin prudencia puede producir injusticias. La inclusión sin límites puede erosionar la cohesión social. La tolerancia absoluta puede terminar tolerando incluso aquello que destruye la convivencia democrática.
La enseñanza de Saad no consiste en rechazar la empatía, sino en rescatarla de sus excesos. Porque una sociedad no se destruye únicamente por la ausencia de humanidad. También puede hacerlo por la incapacidad de distinguir entre la compasión y la razón.
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