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El péndulo de la decepción

La izquierda latinoamericana enfrenta una realidad incómoda: muchos de los triunfos recientes de la derecha no se explican tanto por la fortaleza de sus propuestas como por el desgaste acumulado de gobiernos que llegaron al poder prometiendo una transformación histórica y terminaron administrando frustraciones.

La reciente victoria de un candidato de derecha en Colombia, sumada a fenómenos similares observados en Europa y América Latina, debería ser motivo de reflexión para quienes siguen interpretando la política mediante categorías ideológicas rígidas. El problema no es que las sociedades se hayan vuelto súbitamente conservadoras. El problema es que millones de ciudadanos están cansados.

Durante años, buena parte de la izquierda construyó su legitimidad sobre un discurso de redención. Prometió combatir la desigualdad, erradicar la corrupción, democratizar las oportunidades y devolverle la dignidad a los sectores históricamente excluidos. En muchos casos, esas promesas despertaron enormes expectativas sociales. Sin embargo, cuando el entusiasmo inicial se confrontó con la realidad cotidiana, aparecieron las facturas políticas.

La democracia posee una característica que los proyectos mesiánicos suelen olvidar: los gobiernos son evaluados por sus resultados, no por sus intenciones. En ese contexto, la derecha encontró una oportunidad extraordinaria. No porque hubiera descubierto soluciones milagrosas, sino porque logró presentarse como la alternativa frente al desencanto. El voto dejó de ser ideológico para convertirse en una expresión de hartazgo.

Existe, además, un fenómeno cultural: mientras amplios sectores de la población enfrentaban problemas de empleo, inflación, inseguridad o deterioro de los servicios públicos, una parte significativa de la izquierda concentró sus energías en debates identitarios (que reflexionaremos en la siguiente entrega) cada vez más sofisticados y cada vez más alejados de las preocupaciones inmediatas de la mayoría. Esto es, las prioridades de las élites políticas y académicas dejaron de coincidir con las preocupaciones de los ciudadanos comunes.

La desconexión entre las agendas gubernamentales y las preocupaciones ciudadanas genera inevitablemente una reacción. Y esa reacción hoy tiene rostro de derecha. Paradójicamente, algunos sectores progresistas parecen incapaces de comprender este fenómeno porque han confundido la superioridad moral con la eficacia política. 

La historia política demuestra que los electores no son fieles a las ideologías. Son fieles a sus expectativas. Cuando un proyecto fracasa, buscan otro. Y cuando éste también fracasa, vuelven a cambiar. Así funciona el péndulo democrático.

Lo verdaderamente preocupante no es el avance de la derecha ni el retroceso de la izquierda. Lo preocupante es que ambas corrientes parecen cada vez más incapaces de ofrecer soluciones duraderas a problemas estructurales que se acumulan desde hace décadas.

La polarización ideológica ha producido gobiernos obsesionados con ganar batallas culturales mientras la inseguridad, la desigualdad, la corrupción y la desconfianza institucional continúan erosionando la vida pública.

Quizá por eso los triunfos recientes de la derecha contienen una lección que trasciende y alcanza a toda América Latina: los ciudadanos no están votando necesariamente por una nueva esperanza; están votando contra una vieja decepción. Y cuando las democracias se convierten en una sucesión interminable de decepciones, el problema deja de ser la izquierda o la derecha. El problema comienza a ser la propia capacidad del sistema para producir gobiernos eficaces, responsables y capaces de responder a las demandas reales de la sociedad.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

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