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La república contra el caudillo

Las democracias no suelen morir de un golpe de Estado. Mueren de aplausos. Mueren cuando los ciudadanos creen que las instituciones estorban, que los contrapesos retrasan el progreso y que un líder providencial puede gobernar mejor si nadie limita su voluntad. Mueren cuando el poder deja de ser un mandato temporal para convertirse en un acto de fe.

Por ello, el 250 aniversario de la Independencia de Estados Unidos debería importar mucho más allá de sus fronteras. No porque aquel país represente una democracia perfecta. Está lejos de serlo. Su historia está marcada por contradicciones monumentales: esclavitud, segregación racial, guerras, intervenciones militares y una polarización política que hoy pone a prueba la fortaleza de sus instituciones. 

Los hombres reunidos en Filadelfia comprendieron que el mayor enemigo de la libertad no es únicamente el tirano; es la concentración del poder. La genialidad de su Constitución no consistió en diseñar un presidente poderoso. Consistió en construir un presidente vigilado.

Los padres fundadores desconfiaban del poder porque conocían la naturaleza humana. Sabían que ningún gobernante renuncia voluntariamente a ampliar sus facultades. Quien ocupa el poder siempre encuentra razones para conservarlo, justificarlo y extenderlo. Por ello decidieron que el problema no era elegir buenos hombres, sino impedir que incluso los malos pudieran gobernar sin límites.

Sin embargo, vivimos la época del regreso del caudillo. No importa si es liberal o conservador, si invoca al pueblo, a la patria, a la justicia social o al mercado. El libreto siempre es el mismo: primero desacredita a las instituciones; después convierte toda crítica en conspiración; finalmente concentra facultades en nombre de una supuesta voluntad popular que dice representar. La ideología cambia. La tentación autoritaria permanece.

En América Latina conocemos demasiado bien esa historia. Nuestros países importaron el presidencialismo estadounidense, pero olvidaron importar su principal mecanismo de seguridad: la desconfianza hacia el poder. Aquí aprendimos a venerar al presidente, no a limitarlo.

Durante décadas construimos una cultura política donde el Ejecutivo decidía prácticamente todo: presupuestos, sucesiones, reformas, nombramientos y destinos nacionales. Cambiaron los partidos, los discursos, las promesas, pero sobrevivió la fascinación por el poder concentrado.

Cada generación parece convencida de que, ahora sí, llegó el gobernante suficientemente virtuoso como para no necesitar contrapesos. La historia siempre responde de la misma manera. No existen gobernantes inmunes a la tentación del poder. Existen instituciones capaces de contenerla… o sociedades dispuestas a renunciar a ellas.

No discutimos únicamente quién gobierna. Discutimos cuánto poder estamos dispuestos a entregar y qué tan difícil será recuperarlo cuando descubramos que ningún líder, por popular que sea, posee la sabiduría suficiente para sustituir a las instituciones.

El aniversario de la independencia estadounidense no debería celebrarse únicamente como el nacimiento de una nación. Debería recordarse como el nacimiento de una idea mucho más incómoda: la libertad no depende de la bondad de los gobernantes, sino de los límites que la sociedad les impone. Quizá esa sea la enseñanza que hoy más necesita México.

Porque el verdadero patriota no es quien aplaude incondicionalmente al presidente en turno. Es quien defiende las instituciones que impedirán que el siguiente pueda gobernar como si el país fuera de su propiedad: las repúblicas sobreviven cuando descubren que nadie es indispensable.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

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