En México se habla de política como nunca antes en su historia. Y, sin embargo, quizá nunca se había reflexionado tan poco sobre ella. Vivimos inmersos en una paradoja fascinante y peligrosa. Las redes sociales hierven las veinticuatro horas del día. Los noticieros producen escándalos en cadena. Los partidos se encuentran en campaña permanente. El gobierno comunica sin descanso. La oposición responde sin pausa. Los ciudadanos opinan sobre todo.
Pero mientras la conversación política se multiplica, la democracia parece evaporarse. No desaparece: se desvanece. Lo que tenemos frente a nosotros no es el colapso de la democracia mexicana. Es algo más sutil y probablemente más inquietante: la consolidación de una democracia evanescente. Una democracia donde las instituciones siguen existiendo, pero los vínculos que les dan sentido se vuelven cada vez más frágiles. La democracia mexicana parece gozar de buena salud nominal mientras desarrolla una enfermedad silenciosa: el presente perpetuo.
Antes, los problemas nacionales eran persistentes, hoy sucede lo contrario: ya no permanecen. La velocidad es la principal ideología nacional. Y cuando la velocidad gobierna, la memoria se convierte en un obstáculo. Lo importante no es resolver los problemas, sino administrar las percepciones. La lógica del algoritmo terminó colonizando la lógica del poder.
Una política pública tarda años en producir resultados, pero un mensaje viral genera beneficios inmediatos. Los partidos saben que una propuesta compleja recibe menos atención que una consigna simple y los ciudadanos comprueban que la indignación instantánea produce más satisfacción emocional que la participación sostenida. Y así, la democracia se transforma en espectáculo.
La democracia fue diseñada para el largo plazo. Sus procedimientos son lentos porque la libertad es lenta. Sus instituciones son complejas porque la pluralidad es compleja. Sus acuerdos requieren paciencia porque la convivencia democrática exige paciencia. Las redes sociales operan bajo una lógica exactamente opuesta. Premian la velocidad, la simplificación, la reacción y la polarización. Y cuando esa lógica invade la política, la democracia comienza a parecerse peligrosamente a un flujo interminable de contenidos.
La consecuencia más grave no es la polarización. El verdadero peligro es la evaporación de la memoria democrática. Porque una sociedad que olvida con rapidez también fiscaliza con rapidez decreciente. Una ciudadanía atrapada en el presente permanente tiene dificultades para exigir cuentas por decisiones tomadas hace meses, años o sexenios.
El poder aprende que basta con resistir el siguiente ciclo informativo para que la indignación caduque sola. Creímos que más información produciría más ciudadanía; que más comunicación, más democracia; que más participación, mejores gobiernos. Pero la abundancia de información también produce ruido; la comunicación permanente genera agotamiento y la participación emocional no fortalece la deliberación democrática.
México enfrenta crisis de seguridad, crecimiento económico y de confianza institucional, pero también una crisis del tiempo político. Una democracia incapaz de pensar más allá de la próxima tendencia digital corre el riesgo de perder aquello que la hace valiosa: la capacidad de imaginar y construir futuros compartidos.
Porque una nación puede sobrevivir a gobiernos incompetentes, a partidos mediocres y/o a líderes mesiánicos. Lo que difícilmente puede sobrevivir es a la desaparición del horizonte. Y es eso lo que amenaza la democracia evanescente: un país donde la política ocurre todos los días, pero el futuro aparece cada vez menos.
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