Cuando preparaba mi viaje a Colombia, mi prima, con quien viajé, me mandaba videos de redes sociales sobre lugares para ir y visitar.
Pero no eran de esos ‘reels’ que son solo una recomendación breve y ya. No. La mayoría eran compilados detallados de dónde ir, a qué lugar subirte, qué punto es el que te permite tomar las “mejores fotos”, qué es lo más destacado del restaurante, cuál bebida es “un must” si ibas a equis bar.
No eran una guía. Eran un manual de instrucciones detalladas. Y entonces pasaba algo: la mayoría de ellos terminaban recomendando lo mismo.
En aquel momento pensé en otras veces que viajé y parte de la belleza era la incertidumbre. Era no saber dónde ibas a terminar comiendo, qué te ibas a encontrar al entrar a un museo; que no importara si un negocio tenía o no cierta calificación en Google; que aguantaras la frustración si no llegabas a tiempo al lugar que querías visitar o que incluso no fuera relevante tomar una foto.
Nadie moría a causa de ello.
Y siento que negarse a conocer algo a detalle, desde antes de que ocurra, a pesar de que tienes toda esa información a solo un clic de distancia, es una especie de resistencia. Es una forma de permitir que el asombro llegue y tome la forma que desee.
En los dos recientes conciertos a los que asistí, de Milo J y de Julieta Venegas, me rehusé conscientemente a conocer la lista de canciones. En otros momentos de mi vida habría querido saberlas, como si ello sirviera de algo. Ahora no. Y siento que fue una gran decisión.
Con el próximo concierto al que quiero ir, el de Rosalía, he hecho lo mismo. Evito los clips que se comparten profusamente en redes, la lista de canciones, si habrá o no invitados, si hay cambios de escenario, de vestuario, de orquesta, de maquillaje…
Es una renuncia voluntaria a saberlo todo.
Es dejar espacio para la llegada de lo inesperado.
Porque quizá el problema no es tener información disponible, sino haber perdido cierta tolerancia a la sorpresa. Queremos saber antes si algo nos gustará, si valdrá la pena, si nos emocionará.
Nos pasa al leer varias reseñas antes de comprar un libro. Al buscar análisis completos de una película antes de ir al cine. Al revisar el menú entero de un restaurante para decidir, incluso antes de llegar, si merece que nos sentemos ahí.
Tal vez me cansé de prepararme para todo. De llegar ensayada a las experiencias. De saber de antemano qué canción viene, qué vista aparece al dar la vuelta en una esquina o qué platillo hay que pedir para “disfrutar la experiencia”.
Empiezo a sospechar que una parte de la alegría consiste justo en equivocarse de café, perderse dos cuadras, descubrir una canción que no esperabas escuchar o recibir un regalo que ni siquiera sabías que deseabas y que no está en una ‘wishlist’.
Porque hay demasiadas cosas en la vida que ya se encargan de sorprendernos de maneras brutales. Enfermedades, despedidas, pérdidas, personas que cambian de idea. Y frente a ellas no hay tutorial, lista de recomendaciones ni video explicativo que nos prepare lo suficiente.
Quizá por eso quiero conservar las sorpresas amables. Las pequeñas. Las que todavía pueden hacerme sonreír en lugar de reordenarme la vida entera.
Las que me permiten encontrar algo inesperado y encontrarme también a mí.
Como si fuera la primera vez.
jl/I









