loader

2046

En la prepa y en la universidad jugué voleibol. Creo que era buena y otras personas también lo creían. Era rápida, ágil, fuerte. Brincar y bloquear no era lo mío, pero podía lanzarme y recibir un balón, y levantarme enseguida para después pasar a colocarlo. No temía rasparme, aventarme o golpearme.

Y a veces olvido que ese cuerpo tiene una especie de memoria muscular. El otro día jugué con mis sobrinos, y tal vez ya no me lanzo al piso, pero a los cinco o diez minutos de comenzar puedo recibir, elevar o acomodarle la pelota a alguien más con casi el mismo ritmo o la misma cadencia de hace dos o tres décadas.

Tenía unos trece o catorce años cuando supe que mi cuerpo era difícil de vestir. Fui adolescente justo en la época de los noventa, ese momento en que la estética aceptada y deseada para los cuerpos femeninos era la delgadez, la piel pálida, los ojos ahumados, los pómulos marcados…

Fue en esa época de mi vida, en la secundaria, cuando me enteré de que era gorda. Así, aun sin terminar de crecer y haciendo ejercicio (en mi niñez y mi adolescencia nadé mucho tiempo), sentía y sabía que mi cuerpo era incorrecto. Que debía hacer dietas, que no debía usar ciertas cosas o que, peor todavía, comprar ropa era imposible porque no había de mi talla.

Ahora que veo fotos de entonces me doy cuenta de que alrededor de mi cuerpo siempre hubo una violenta forma de hacerme encajar en un molde donde nunca cupe, ni literal ni metafóricamente. Y, sinceramente, en retrospectiva ni siquiera creo que en ese entonces fuera gorda.

¿Por qué una chica de 12 años debía preocuparse por su peso, cuando su peso no era realmente un problema? ¿Por qué las revistas que leía tenían que decirle que solo si se veía de tal forma era considerada bonita? ¿Por qué debía conformarse con usar la ropa que encontrara y no la que le gustaba porque no había modo de que, de acuerdo con la estética social, ella se viera bien en lo que las otras chicas se ponían?

En la prepa, todavía en esos mismos noventa, todo empeoró. Ya no había uniforme que nos estandarizara, como sí lo había en la secundaria. Ya cada quien intentaba encontrar su marca, su estilo, su forma de expresarse. Y el mío seguía siendo imposible.

Fue en ese momento de mi vida en el que me sometí a una de las dietas más estrictas que recuerdo. Y, pese a todo, no fue suficiente. No lo era porque seguía teniendo curvas, y tenía caderas y senos, y eso no funcionaba acorde a lo que el mundo quería que yo fuera.

Ahora, unos 25 años después, la pelea es en otra cancha. Ya no es el peso (o al menos, ya no me importa tanto), sino la edad.

Tengo 44 años y empiezo a darme cuenta de que de pronto ya tengo canas nuevas o que cierta arruga ya se marca más. Veo que mi piel ya no es tan elástica o suave como hace incluso apenas cinco años, o que el sol y mi recientemente diagnosticada enfermedad autoinmune (acelerada por la premenopausia) hacen que un día se me noten más algunas manchas.

Pero ahora intento ser menos severa conmigo misma. Esa gentileza que da la edad al pensar sobre tu cuerpo, tu forma de habitarlo y de ocupar espacio en el mundo. Y que también te la da la terapia.

Pienso en que me gustan mis manos y mis pies. En que mi nariz y mi boca, tan objeto de burla en los noventa, me parecen preciosas en los dosmilveinte. Ahora sé, después de muchos años, que mis caderas y mis senos no son lo que soy en esencia, pero que sí son parte de mí. Que esa piel que se enrojece con el sol y que se amorata con facilidad es un espacio que puedo tratar con amor y respeto.

No sé cómo me veré en veinte años, pero espero que esa mirada que ahora tengo siga siendo la que me encuentre cuando me observe al espejo.

Con cariño.

X: @perlavelasco

jl/I