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Pruebas

Este año volví a comprar música en formato físico, concretamente en discos compactos. Tres obras tan diferentes como especiales llegaron a mis manos, después de años de haber dejado de lado la costumbre de ir a una tienda, plantarme frente a los exhibidores y buscar lo que deseaba.

El primero lo compré con el albor del año. ‘Lux’, de Rosalía, me pareció una obra excepcional, preciosa y llena de matices. Después supe que en el disco existían varias canciones que en el formato digital no estaban consideradas y que completaban los actos tal como habían sido concebidos.

El segundo tuvo una historia más azarosa. ‘Pa morirse de amor’, de Ely Guerra, fue un disco que perdí en alguna de mis diez mudanzas y, en algún punto de este año, a raíz de una sesión bastante intensa con mi psicóloga, no dejé de traerlo en la cabeza. Me propuse recuperarlo de algún modo, pero ¿cómo y dónde podría hallar un disco que tenía más de 20 años de haber sido lanzado?

Lancé una publicación en mis redes sociales hablando de la belleza nostálgica que me causaba este disco y mi afán por recuperarlo, y un amigo me ayudó a hallarlo en una página increíble de venta de discos. Allí estaba. Seminuevo pero como nuevo, decía la descripción. Sin dudarlo, abrí una cuenta y de pronto ya estaba en mi carrito de compras ese disco doble que acompañó buena parte de mi temprana juventud.

El tercero lo tenía metido en la cabeza desde mediados del año pasado. Sabía que lo quería, pero en un principio solo se lanzó en digital. Después, para venta internacional, México incluido, solo estaba disponible su versión vinilo y únicamente en Argentina vendían el disco compacto. Así, en esa misma página me di cuenta de que podía comprarlo. ‘La vida era más corta’, de Milo J, llegó poco más de un mes después a mi casa, directo de una tienda de Buenos Aires.

Tengo días dándole vuelta a ello luego de platicar con una amiga sobre una de las escenas de la película ‘La peor persona del mundo’, en la que Aksel le habla a Julie sobre haber crecido en un mundo que ya no existe, donde ir a las tiendas de discos, hojear un cómic de segunda mano o rentar una película en casete ya no son esos rituales que vivimos quienes crecimos todavía como milenials tempranos.

Y, sobre todo, cómo todo eso podía heredarse. Los discos, los libros, las películas, los cómics… Eran objetos entre los que uno vivía. Los tocabas, los prestabas, los perdías y los recuperabas. Y hacen un trabajo silencioso: conservan pedazos de quienes fuimos cuando incluso nosotros mismos empezamos a olvidarnos.

Guardan las marcas del tiempo, de las mudanzas, de quienes fuimos cuando los compramos por primera vez y de quienes somos cuando volvemos a encontrarlos décadas después.

Tal vez por eso este año volví a comprar discos. No solo para escuchar música, también para recordar que todavía existen cosas que pesan, que ocupan un estante, que sobreviven a las actualizaciones y a los algoritmos; que un día alguien podrá abrir, tocar y preguntarse quién era la mujer que decidió conservarlas.

Son pequeñas pruebas de que estuvimos aquí: un libro con anotaciones en el margen, un boleto de un concierto, una fotografía revelada.

Ahora, esos tres discos ocupan apenas unos centímetros de un librero: uno me recordó que las obras todavía pueden estar completas, otro me devolvió una parte de quien fui y uno más cruzó medio continente para llegar hasta aquí.

Objetos insignificantes para cualquiera, pero quizás suficientes para que alguien pueda abrir un estuche, poner a sonar un disco y conocer un poco de mí.

De la mujer que fui.

X: @perlavelasco

jl/I

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