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El mito de la masculinidad perdida

El llamado congreso de masculinidades que se celebrará en Jalisco no es un simple encuentro de reflexión sobre el ser hombre en el siglo 21. Es, en realidad, un espacio profundamente ideológico que revela cómo ciertos sectores conservadores buscan reposicionarse en el debate público a través de una narrativa aparentemente inofensiva: la supuesta “crisis” o “pérdida de la masculinidad”.

Esta idea, repetida de forma constante por varios de sus conferencistas –entre ellos figuras como Eduardo Verástegui– parte de una premisa cuestionable: que los avances en derechos de las mujeres y de las diversidades han desplazado o debilitado el lugar de los hombres en la sociedad. Sin embargo, desde una perspectiva feminista, este discurso no solo es inexacto, sino peligroso. No existe una pérdida de la masculinidad; lo que existe es una transformación necesaria de los privilegios históricos que han sostenido al sistema patriarcal.

El problema central de estos espacios no es que se hable de masculinidades, sino desde dónde se habla y con qué intención. Lejos de promover nuevas formas de ser hombre basadas en la igualdad, la corresponsabilidad y la no violencia, este tipo de congresos tiende a reforzar modelos tradicionales: el hombre proveedor, líder, dominante y moralmente superior. Se trata de una masculinidad que no se cuestiona, sino que se intenta restaurar.

Cuando eventos de esta naturaleza adquieren visibilidad, patrocinio –aunque sea indirecto– o legitimidad social, contribuyen a moldear imaginarios colectivos. Se instala la idea de que los hombres están siendo desplazados, de que existe una amenaza hacia su identidad, y con ello se alimenta una narrativa de agravio que puede traducirse en resistencia activa frente a los avances en igualdad de género.

Esto resulta particularmente preocupante en un país como México, donde la violencia contra las mujeres sigue siendo una crisis estructural. En este contexto, sostener discursos que reivindican jerarquías de género o que romantizan el control y la autoridad masculina no es neutral: es funcional a la reproducción de la violencia.

Existe además una contradicción evidente en el papel de la Iglesia católica en este tipo de eventos. Si bien institucionalmente ha expresado su rechazo a la violencia contra las mujeres, su participación o aval simbólico en espacios donde se promueven roles de género rígidos y desiguales genera un mensaje ambiguo. No basta con condenar la violencia de manera abstracta; es necesario cuestionar las estructuras culturales que la hacen posible.

Este tipo de congresos desplazan y distorsionan la discusión sobre las masculinidades igualitarias. Mientras desde la academia y los movimientos sociales se impulsa una reflexión crítica sobre cómo los hombres pueden desaprender prácticas violentas y construir relaciones igualitarias, estos foros ofrecen respuestas simplistas, emocionales y profundamente conservadoras.

El impacto de este congreso en Jalisco no puede leerse de manera aislada, especialmente en un contexto marcado por una tradición social y política conservadora. En una entidad donde aún persisten resistencias frente a la ampliación de derechos de las mujeres y de las diversidades, este tipo de espacios no solo reflejan esas posturas, sino que las refuerzan y legitiman. Cuando además el entorno gubernamental mantiene posiciones cautelosas o limitadas en materia de igualdad sustantiva, el efecto se amplifica: los discursos conservadores encuentran terreno fértil para difundirse, normalizarse y permear en la vida cotidiana, lo que puede traducirse en un freno –sutil pero constante– a los avances en derechos y en la construcción de una sociedad más igualitaria.

*Doctora en Derecho

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