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La Independencia

No recuerdo donde leí que, en el contexto de la llamada revolución de independencia, cuando el cura Miguel Hidaldo pasaba por Charo, Michoacán, conoció a José María Morelos, quien en ese momento oficiaba como cura en Carácuaro. Este se presentó para ofrecerle sus servicios como capellán. Sin embargo, Hidalgo, listo y sagaz, le notó otras facultades y mejor lo designó su lugarteniente. Y así nomás, de buenas a primeras, como si se tratará de cualquier cosa, le encomendó como tarea insurreccionar todo el sur de México. 

Morelos, quedó sorprendido no solo por el tamaño del encargo sino por la confianza depositada. Seguro de sí mismo no se inmutó y tampoco preguntó cómo debía hacerlo ni con qué medios contaría para tal encomienda. Probablemente consideró que no era tiempo de andar haciendo preguntas. Simplemente recibió la orden y la cumplió con creces. En la marcha fue descubriendo su genialidad como estratega político y militar. Y su fama transcendió allende los mares, al grado que se afirma que en algún momento Napoleón habría dicho: “denme dos generales como Morelos y les conquisto el mundo”.

Digamos que Hidalgo inició el “bailecito”, Morelos lo continuó y Vicente Guerrero, aliado con Agustín de Iturbide, institucionalizó la independencia, primero en el Plan de Iguala en febrero de 1821y posteriormente en la Constitución Política de 1824 donde plasmaron las principales demandas insurgentes: la abolición de la esclavitud y los tributos, la soberanía, la libertad y la igualdad de todos ante la ley

Sin embargo, una de las mayores injusticias cometidas por años ha sido la negación de las mujeres como sujetas protagonistas, a la par de los hombres, para hacer posibles todos todas las revoluciones. Así fue en la revolución de independencia. Este año la presidenta Claudia reivindicó a cuatro de ellas. De otras más habla Celia del Palacio en su recomendable libro ‘Adictas a la insurgencia’.

¿Qué podemos decir ahora de aquella primera transformación cuando México se instituyó como República? Sí, se abolió aquella esclavitud, pero ahora tenemos otras más sofisticadas y violentas. Solo hay que poner atención en mucho de lo que hacemos en nuestras vidas cotidianas para darnos cuenta. Ahora, en buena parte de la geografía nacional, con la complacencia o complicidad del Estado, se sufre la nueva modalidad de los tributos llamados “pago de piso” que impone el crimen organizado. De la soberanía, por más que se diga, queda poco o nada en estos tiempos de capitalismo depredador global y anexionista. Aun cuando nos hacen sentir lo contrario, en sentido estricto, la libertad sigue siendo un valor que se debe defender permanentemente. 

¿Entonces los esfuerzos y las vidas de los y las insurgentas fueron en vano? Para nada. Ellas y ellos hicieron lo que hace 216 años les indicó su deber ser. Sabemos que las revoluciones no siempre logran sus objetivos y es frecuente, cayendo en la lógica del sistema, que lo que se conquistó al poco se malogra. Lo bueno es que algo queda, y eso hace que siga siendo válido y permanente el sentido de la rebeldía y el deseo perenne de la independencia.

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jl/I

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