En 1985, Kurt Vonnegut publicó su novela distópica, ‘Galápagos’. Cuarenta años después, la novela parece una obra de anticipación. Vonnegut imaginó el problema filosófico que aparece cuando una especie demasiado orgullosa de su inteligencia empieza a delegarla en máquinas. ‘Mandarax’ es un dispositivo portátil capaz de traducir idiomas, reconocer voces, almacenar información y proporcionar respuestas (una extensión definitiva de nuestro hiperdesarrollado y problemático cerebro). Para un lector de 1985 era un prodigio tecnológico. Para nosotros resulta inquietantemente familiar.
‘Galápagos’ es una sátira feroz de Vonnegut contra la soberbia humana: una catástrofe mundial deja aislado a un pequeño grupo de personas en las islas Galápagos. A partir de ahí comienza una historia que se extiende durante un millón de años y que describe la evolución de una nueva humanidad. La ironía es demoledora: la especie sobrevive porque deja de ser como nosotros. Los humanos del futuro tienen cerebros más pequeños. Son menos sofisticados, menos ambiciosos y menos obsesionados con controlar la naturaleza.
Vonnegut plantea así una provocación que sigue siendo extraordinariamente actual: tal vez el mayor problema del ‘homo sapiens’ no sea que carezca de inteligencia, sino que tiene demasiada confianza en ella. Hemos construido armas capaces de destruir el planeta, sistemas económicos que producen crisis globales, tecnologías que alteran el clima y ahora máquinas para producir textos, imágenes, diagnósticos, códigos y decisiones.
El ‘Mandarax’ es uno de los objetos más fascinantes de la novela porque anticipa una transformación que hoy estamos viviendo. No es ChatGPT. Sería absurdo sostenerlo. Pero sí representa literariamente una idea que hoy se ha vuelto cotidiana: una máquina que recibe lenguaje humano y devuelve conocimiento utilizable.
Vonnegut entendió antes que muchos que la verdadera revolución tecnológica no consistiría solamente en construir máquinas que hicieran más rápido lo que hacemos, sino en construir máquinas que comenzaran a realizar algunas de las actividades que considerábamos exclusivamente humanas. Ésta debería ser una de las primeras advertencias ante la fascinación contemporánea por la inteligencia artificial.
El problema de la inteligencia artificial no es solamente tecnológico. Es epistemológico. Estamos construyendo máquinas capaces de producir información con una velocidad y una escala que ningún ser humano puede igualar. La tecnología aumenta nuestra capacidad de obtener respuestas justamente cuando nuestra educación debería aumentar nuestra capacidad para formular preguntas y evaluar las respuestas. Vonnegut atisbó un peligro: que con la IA experimentemos la pérdida de habilidades cognitivas reales porque la máquina lo hace por nosotros.
Pero el ‘Mandarax’ también adquiere una dimensión política. Una democracia no necesita solamente ciudadanos informados. Necesita ciudadanos capaces de pensar autónomamente. Pero las tecnologías digitales han comenzado a modificar esa relación. La discusión sobre IA suele presentarse como una cuestión de innovación, productividad o competitividad económica. Es también una cuestión de poder.
Al final, la evolución soluciona el problema de la dependencia tecnológica de la manera más radical: reduciendo el tamaño del cerebro humano y convirtiendo a los descendientes en criaturas marinas que no usan herramientas, pero que viven en paz. Una humanidad que, fascinada por sus propias creaciones, entregue poco a poco su memoria, su escritura, su criterio, su imaginación y finalmente su capacidad de decidir.
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