La revolución no consiste en tomar el poder, sino en impedir que el poder tome la vida
Raoul Vaneigem
Raoul Vaneigem murió en la madrugada del pasado 29 de julio. Tenía 92 años. Con él desaparece una de las voces más incómodas de aquella generación que quiso incendiar las certezas políticas de la segunda mitad del siglo 20. Junto con Guy Debord, Vaneigem fue uno de los principales pensadores de la Internacional Situacionista y autor de ‘La revolución de la vida cotidiana’ (1967).
No fue un filósofo de manual. Tampoco construyó una doctrina destinada a conquistar ministerios, ocupar parlamentos o administrar el Estado. Su preocupación era otra, quizá más profunda: ¿cómo recuperar la vida de manos de los poderes que pretenden administrarla? Y precisamente por eso su muerte ofrece una oportunidad para volver sobre una pregunta que la democracia contemporánea suele olvidar: ¿para qué queremos el poder político si éste termina convirtiéndose en una maquinaria para domesticar al ciudadano?
La democracia liberal construyó una arquitectura institucional para limitar el poder: división de poderes, tribunales independientes, derechos fundamentales, organismos autónomos, libertad de expresión, pluralismo y elecciones competitivas. Todo ello puede parecer excesivamente burocrático frente a la retórica del “pueblo”. Pero tiene una razón elemental: el poder también puede ser ejercido por quienes dicen hablar en nombre del pueblo.
Ésta es una de las lecciones que Vaneigem permite recuperar: la democracia no consiste únicamente en que la mayoría decida. Consiste también en impedir que la mayoría –o quien se proclame su intérprete– pueda decidirlo todo.
Porque cuando el poder político comienza a identificarse con la voluntad popular, cualquier límite institucional puede ser presentado como una conspiración contra el pueblo. El adversario deja de ser adversario y se convierte en enemigo. El disidente deja de ser ciudadano y pasa a ser “conservador”, “traidor”, “corrupto”, “adversario del cambio” o cualquier otra etiqueta conveniente para descalificarlo.
La política deja entonces de ser deliberación y se convierte en liturgia. Vaneigem habría reconocido el mecanismo.
Su pensamiento “situacionista” partía de una crítica radical de la vida cotidiana. Su apuesta era que la revolución debía comenzar por la recuperación de la autonomía personal, no por la sustitución de una élite gobernante por otra. En México, la 4T tiene una contradicción fundamental: por un lado, reivindica permanentemente la participación popular, la democracia y la soberanía del pueblo. Por otro, ha impulsado una lógica política en la que la concentración del poder aparece como una consecuencia legítima de la voluntad electoral.
Una democracia verdaderamente libre necesita algo más: ciudadanos capaces de resistir al poder, incluso cuando ese poder tenga mayoría electoral. Hay una diferencia fundamental entre democratizar el poder y concentrar el poder invocando al pueblo. Eso es lo que Vaneigem combatía desde otro ángulo: la transformación de los individuos en piezas de una representación que termina sustituyendo su experiencia real.
La gran actualidad de Vaneigem consiste precisamente en recordar que la democracia no puede agotarse en sus procedimientos. Porque su crítica puede dirigirse contra la derecha, contra la izquierda, contra el capitalismo, contra el burocratismo, contra los partidos y también contra cualquier gobierno que pretenda hablar en nombre de una supuesta voluntad colectiva para justificar la expansión de su poder.
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