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Entre la ciencia y la ideología (I)

Hay preguntas que una disciplina científica debería hacerse periódicamente, aunque las respuestas resulten incómodas. Una de ellas es la que plantea Lionel Page en su provocador ensayo ‘¿Por qué la sociología se ha desplazado tan marcadamente hacia una determinada posición ideológica?’. La pregunta importa porque no estamos hablando simplemente de las preferencias políticas de los sociólogos. El problema aparece cuando una disciplina científica adquiere tal homogeneidad ideológica que comienza a perder uno de los atributos esenciales de la ciencia: la capacidad de dudar de sí misma.

Page propone una explicación interesante: la politización de la sociología no sería únicamente consecuencia de que sus integrantes se hayan desplazado hacia la izquierda. El problema estaría también en la propia arquitectura epistemológica de la disciplina. Esto es, cuando los controles metodológicos son débiles, la ideología tiene más espacio para entrar por la puerta trasera.

La comparación con otras ciencias sociales resulta reveladora. La economía, con todos sus defectos, desarrolló una tradición de modelos formales, hipótesis cuantificables e inferencia causal. La psicología, por su parte, construyó buena parte de su legitimidad sobre la experimentación y la posibilidad de replicar resultados. La sociología siguió otro camino.

Desde Durkheim aprendió a observar los llamados “hechos sociales”: instituciones, normas, culturas, clases, religiones, estructuras colectivas. El problema es que estos objetos son extraordinariamente complejos. ¿Cómo medir una cultura? ¿Cómo determinar cuándo una institución causa un comportamiento? ¿Cómo separar la descripción de una estructura social de la interpretación que hacemos de ella? Cuanto más difícil resulta medir un fenómeno, mayor es el espacio para interpretarlo.

Bourdieu es un ejemplo particularmente significativo. Page recupera escenas en las que el sociólogo francés y sus colaboradores parecen partir de una convicción política –los efectos perniciosos del neoliberalismo– para después buscar evidencia que permita sostenerla. Si los datos confirman la hipótesis, la investigación funciona. Si no la confirman, siempre es posible argumentar que los efectos todavía no son visibles o que existen mecanismos ocultos que los explican.

Una hipótesis que puede explicar cualquier resultado termina siendo una hipótesis que no puede ser refutada. Y una afirmación que no puede ser refutada tiene un problema: puede ser ideología, pero difícilmente puede presentarse como ciencia.

Aquí aparece la sombra de Marx. Aquella célebre invitación a no limitarse a interpretar el mundo, sino transformarlo, tuvo una enorme influencia sobre las ciencias sociales. Transformar la realidad no es, desde luego, una aspiración ilegítima. El problema comienza cuando el investigador confunde su deseo de transformar el mundo con la obligación científica de explicar cómo funciona. Una cosa es tener valores; otra, utilizar la ciencia para demostrar que nuestros valores son verdaderos. La distinción parece elemental, pero no lo es.

Una sociología comprometida con la justicia puede estudiar la desigualdad. Pero si parte de la certeza de que determinada estructura social es injusta y posteriormente selecciona los datos que confirman esa conclusión, ya no está investigando la desigualdad: está construyendo una justificación académica de una posición política. Lo mismo ocurriría si un investigador de derecha hiciera exactamente lo contrario. Cambiar de signo político no convierte una ideología en conocimiento científico.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

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