El problema contemporáneo para la sociología es todavía mayor porque la universidad también ha experimentado un proceso de homogeneización ideológica. Cuando casi todos los miembros de una comunidad intelectual comparten los mismos presupuestos políticos, desaparece algo fundamental: el adversario intelectual. Y sin adversarios intelectuales, las ideas dejan de ser sometidas a presión.
Una universidad de pensamiento único puede ser muy cómoda. Pero una universidad cómoda es una universidad intelectualmente peligrosa. La diversidad que importa aquí no es únicamente la diversidad de género, origen, religión o condición social. También existe una diversidad que suele ser mucho menos celebrada: la diversidad de ideas.
Un departamento universitario debería ser capaz de soportar la presencia de alguien que piense lo contrario. No para convertir la ciencia en una pelea partidista, sino precisamente para evitar que una sola visión del mundo termine convirtiéndose en dogma. Porque la mejor prueba de una teoría no es que pueda convencer a quienes ya están convencidos. Es que pueda sobrevivir a quienes quieren demostrar que está equivocada.
Lo planteado por Page rebasa ampliamente a la sociología. Involucra también a la universidad, a las ciencias sociales y la democracia. Una democracia necesita ciudadanos capaces de distinguir entre hechos, interpretaciones y opiniones. Pero para ello necesita también instituciones que produzcan conocimiento confiable. Cuando las instituciones académicas comienzan a presentar preferencias normativas como verdades científicas, la frontera entre conocimiento y propaganda empieza a desdibujarse.
No significa que toda sociología sea ideológica. Sería una conclusión tan absurda como afirmar que toda economía es neoliberal o que toda ciencia política es partidista. Tampoco significa que los métodos cuantitativos sean infalibles. La economía tiene sus propias crisis, sesgos y errores; la estadística puede utilizarse para maquillar cualquier prejuicio con una elegante ecuación. La cuestión es otra.
La ciencia necesita mecanismos que obliguen a sus practicantes a equivocarse públicamente. Replicar estudios. Contrastar hipótesis. Presentar explicaciones alternativas. Separar correlación de causalidad. Transparentar los datos. Reconocer resultados negativos. Permitir que otros investigadores intenten demostrar que estamos equivocados. Eso vale tanto para la sociología como para la economía, la psicología o cualquier otra disciplina. Porque el verdadero enemigo de la ciencia no es la ideología de izquierda ni la de derecha. Es la certeza.
Cuando una comunidad intelectual llega al punto en que una determinada conclusión es moralmente tan correcta que cuestionarla convierte al discrepante en sospechoso, la investigación deja de ser una búsqueda abierta de la verdad y comienza a funcionar como un tribunal de ortodoxia. Y entonces ocurre una paradoja inquietante: la disciplina que nació para cuestionar las estructuras de poder puede terminar creando sus propias estructuras de poder intelectual.
La sociología debería incomodar al poder. También debería incomodar a sus propios sociólogos. Debería preguntar no sólo quién domina la sociedad, sino quién domina la producción del conocimiento sobre ella. No sólo quién tiene privilegios, sino qué privilegios intelectuales se han vuelto incuestionables. No sólo qué grupos son marginados, sino qué ideas son expulsadas del debate antes de que puedan ser examinadas.
Y quizá esa sea la verdadera advertencia de Lionel Page: el problema no comienza cuando un científico tiene ideología. Comienza cuando deja de tener dudas.
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