Estos días he estado pensando mucho en mi abuela. Creo que tiene que ver con que hace un par de semanas leía sobre todo aquello que heredamos de nuestras personas cercanas que no tiene un valor monetario específico, sino que es intangible y se convierte no solo en parte de nuestra historia, sino de la esencia de lo que somos.
Me quedé pensando en ella y en todas las cosas que me dejó sin que, en realidad, pudiera haberme entregado ninguna de manera consciente.
No heredé sus plantas, aunque algunas sobrevivieron más tiempo del que cualquiera habría esperado bajo mis cuidados. Tampoco heredé su habilidad para cortar telas y convertirlas en ropa, ni su ojo para saber, con solo tocarlas, si eran buenas o una de esas “que no van a durar nada”.
Pero la cocina sí. No sus recetas exactamente. No cocino como ella ni reproduzco sus platillos siguiendo instrucciones que me haya enseñado. Lo que heredé fue algo más difícil de explicar: una relación con la comida.
El gusto por probar, por experimentar con sabores, por descubrir qué pasa si a algo le pongo o le quito aquello. El placer de cocinar para alguien y, de alguna manera, decirle “te quiero” sin tener que pronunciarlo.
Pienso que heredé una cierta desconfianza hacia las cosas demasiado sencillas. Mi abuela podía convertir una planta, una tela, una receta o una historia en un asunto de importancia. Había que observar, fijarse, saber distinguir.
Quizá de ahí venga mi costumbre de ver a la gente. De sentarme en algún lugar y observar quién entra o sale, quién está incómodo, quién está fingiendo que no está enamorado… De fijarme en las conversaciones, en los gestos, en los tonos de voz, en esas pequeñeces que a veces nadie nota.
También heredé, creo, un matiz de su manera de cuidar. Mi abuela cuidaba haciendo: cocinaba, cosía, plantaba, preparaba algo para cuando hiciera frío, tenía soluciones domésticas para casi cualquier problema.
Durante mucho tiempo pensé que esas eran simplemente sus habilidades; ahora sospecho que también eran su manera de expresar lo que sentía por quienes la rodeábamos.
Por eso guardo aquellos pantalones de pijama que me hizo, aunque ya estén gastados. O las sábanas de franela que alguna vez me dieron calor y que hoy me recuerdan que ella pensó en que yo no tuviera frío.
Hay herencias que no caben en una caja o en una cuenta bancaria.
Una receta puede desaparecer si nadie la vuelve a preparar. Una planta puede morir. Una prenda puede terminar hecha jirones. Una fotografía puede perderse.
Pero hay cosas que se quedan. Se quedan en una frase que repetimos sin saber de dónde la sacamos, en el gusto por determinada comida, en la sospecha de que quizá sí hay algo extraño detrás de una puerta que se cerró sola.
Y también están lo que heredamos sin querer: miedos, manías, formas de querer. Incluso partes que juramos que nunca íbamos a repetir.
Llegar a la adultez también me ha hecho descubrir que no somos una creación completamente original, sino una especie de collage.
Algo de nuestra madre, alguna frase de una tía, alguna obsesión de un abuelo y, de vez en cuando, una abuela completa escondida en un gesto que reconocemos tarde.
A veces pienso que mi abuela sigue apareciendo en mí de maneras que ella jamás habría imaginado.
Cuando pruebo algo y pienso en que le falta sal, cuando cocino para alguien y descubro que, en realidad, estoy intentando decirle algo con un plato; cuando veo una tela y la toco para saber si tiene buena caída, cuando encuentro una planta que me gusta y quiero llevármela a casa.
Y estos días, mientras pienso en mi abuela, me gusta imaginar que todavía puedo poner comida en una olla, probarla, agregarle un poquito de sal o de pimienta, y sin que nadie me lo haya enseñado exactamente, decirle a una persona:
Come, te preparé esto.
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