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Reacomodo

Casi nadie habla del silencio que queda en una casa cuando una mascota se va. Su muerte deja cambios de rutina, ruido que ya no existe, comida que se sirve y ahora dura más tiempo, espacios que ya no se ocupan.

A solo 12 días de que ‘Sombra’ muriera ha fallecido otra de las gatas de la manada. Su nombre oficial siempre fue ‘Moka’, una calicó de colores tenues a la que siempre apodamos ‘Jabulani’, no solo porque nació precisamente en 2010, año del Mundial de Sudáfrica, sino también por esa casi correspondencia de colores: blanco en su mayoría, gris y anaranjado en pequeñas vistas.

Tenía 16 años y medio. Vio pasar, hablando idioma FIFA, cinco mundiales de futbol. Eso es toda una vida para un gato. Para ponerlo en perspectiva, si fuera humana, ‘Jabulani’ habría muerto alrededor de los 80 años.

Y cuando ocurren cosas como estas te das cuenta de que cada dolor, cada pérdida, por más parecidas que podrían verse desde fuera, es distinta. Cada ausencia pesa por sí misma, con una manera diferente de dejar un vacío que se siente siempre en alguna parte del cuerpo: un vuelco en el pecho, una contracción en el estómago, una punzadita en las manos.

Ver agonizar a un ser que amas es, además, parte de la culpa que llega después. Pensar en que pudiste hacer algo más, hacerlo antes, no esperar tanto, tomar mejores decisiones… pero de nada sirve, más que alimentar las noches de insomnio y los momentos en los que piensas, por un segundo, que podrías haberle ganado una partida a la Muerte.

Camino de urgencia a las dos de la mañana a la veterinaria, para que le aplicaran la eutanasia, pensé que ‘Jabulani’ iba a morir en mis brazos. Envuelta en mi sudadera, para que tuviera mi olor y supiera que seguíamos ahí. A las puertas de la clínica se paralizó. Pensé que había muerto. Entonces sentí en mis manos cómo su diafragma se volvió a llenar de aire. Mis lágrimas caían sin mesura sobre ella. Nos recibieron, la pusieron sobre la mesa, la canalizaron y entonces llegó el momento en que sabíamos que teníamos que despedirnos.

Le agradecí su ronroneo sin recato y a la menor provocación. Su preciosa nariz de borrador, sus ojos enormes y amarillos. Su carácter de viejita amargada aun cuando era una bebé. Cuando la esterilizamos y el médico nos dijo, para identificarla, “una gata tricolor que casi no está gordita”, y yo me hice la ofendida por la crítica al peso de mi baloncito sudafricano de futbol…

Le agradecí también haber sido ella: la gata que llegó y fue encontrando su lugar sin pedir permiso. Porque eso hacen los gatos: uno cree que los adopta y en realidad ellos se incorporan a una familia, ocupan una silla, una ventana, una hora específica de la noche. Se meten en las rutinas hasta que uno deja de distinguir dónde termina la vida de uno y dónde comienza la de ellos.

Por eso ahora hay cosas que no sé dónde poner.

La comida que sobra, el lugar donde dormía, el ruidito de sus patas sobre el piso, la costumbre de buscarla, aunque sé perfectamente que ya no está.

Hace apenas dos semanas escribía sobre ‘Sombra’ y la culpa de no haber sabido ver que estaba muriendo. Hoy vuelvo a escribir sobre la muerte de otra gata y vuelvo a preguntarme si hice suficiente.

Sé que no existe esa respuesta. O al menos eso intento repetirme mientras la casa aprende, a fuerza de ausencias, una nueva manera de estar.

Porque quizá eso sea lo más extraño de perder a quienes amamos: ellos se van y nosotros tenemos que quedarnos aquí, acomodando sus ausencias en los mismos espacios donde antes estaban sus cuerpos.

Ahora hay dos lugares vacíos.

Y todavía no sé cómo se vive en una casa que, en apenas 12 días, perdió a dos de sus habitantes. Sé solamente que la manada ya no es la misma.

Y yo tampoco.

X: @perlavelasco

jl/I

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