‘Sombra’ era un hilo negro que me mantenía atada al universo felino. Y digo era, así, en pasado, porque mi amada gata anciana de 18 años murió en algún punto de la madrugada de este jueves, apenas unas horas antes de que yo comenzara a escribir estas líneas.
‘Sombra’ no era mi gata, yo era su humana. Y fue ella quien me enseñó a amar a los gatos en toda su plenitud, su libertad, su misterio, sus tiempos y su espacio. Nada le era ajeno, todo le pertenecía, incluidas mis manos, mis brazos, mis cariños y mis llamados.
Negra, delgada, elegante, con un caminar de pasitos silenciosos, ojos dorados con pequeñas motas cobrizas. Verla era como ver al estereotipo de gato negro que acompaña a cualquier estereotipo de bruja.
‘Sombra’ llegó a mi vida en octubre de 2008. Ni siquiera era mi gata. Gerardo (el papá de mi hija) la adoptó. Estaba en el estacionamiento de NTR Zacatecas, un bellísimo edificio en la Plaza de Armas. Ese día hacía mucho frío. Tomé a esa gata ligera, aún sin nombre, la puse sobre mis piernas y me senté frente a mi computadora a editar. Ella se acurrucó entre mi abrigo y se quedó dormida por horas, hasta que terminamos la edición. Ahí supe, como se saben las buenas noticias, que ella cambiaría mi vida.
En estos 18 años ella se convirtió en mi maestra. Ella me enseñó que el dolor y la infelicidad no pueden ser eternos; que el amor puede ser una breve caricia, un pequeño espasmo o un largo abrazo; que no por ir más rápido llegaremos más lejos.
Su cola nunca estaba quieta. Se movía con tranquilidad y ritmo. Parecía siempre marcarle el compás a un pianista como esos que se ven ensayar con tanto esmero en las películas o se leen a detalle en los libros.
Disciplinada, como siempre, estiraba las patas delanteras, arqueaba el lomo y el cuello, la cola, las patas traseras. Cada hueso, músculo y tramo de piel y pelo que la hacían ser.
Tengo la convicción, sin ninguna prueba, de que ‘Sombra’ supo antes que nadie que yo estaba embarazada. En esas semanas previas a la certeza, cuando llegaba de la calle, ella daba un saltito a la mesa donde dejaba mi bolsa y se me restregaba en el estómago. A mí me parecía un comportamiento curioso.
Después, conforme Nikté fue creciendo en mi útero y ocupando más espacio, ‘Sombra’ se subía despacio, con cuidado; se acostaba sobre mí y empezaba a ronronear. Nikté notaba ese burbujeo que a los gatos les sale del pecho y respondía moviéndose también. Las tres estábamos allí, juntas, como están aquellas almas que, aun hablando idiomas distintos, logran entenderse.
Y, más aún, ‘Sombra’ estuvo tras la muerte de mi hija. En los días aciagos en los que yo no quería abrir los ojos con la esperanza de mejor morirme, ella se hacía ovillo en mi costado. Me mullía y echaba su cabeza sobre la palma de mi mano. Supe entonces que había algo, que todavía no logro nombrar, que me unía a ella de una forma especial.
Este 27 de agosto ‘Sombra’ se ha ido. Su cuerpo frío, sus pupilas dilatadas, sus orejas blancas, sin señal de sangre corriendo por sus venas. Y me ha dejado con una columna cuyo nombre precisamente fue por ella, con el corazón destrozado y con una culpa infinita que me hace pensar en que tal vez sufrió mucho y yo no supe verlo.
Lloro por ella y por mí y por Nikté. Porque ‘Sombra’ era una especie de vínculo emocional que me unía a esa hija que este año cumple una década de muerta.
Y yo me quedo aquí, en este mundo, preguntándome, con todo el dolor atravesado, cómo pudo caber tanta magia en un animal tan pequeño; en cómo pude ser merecedora de tanta sabiduría y belleza.
Por 18 años.
jl/I









