Los procesos electorales que se han llevado recientemente en América Latina muestran elementos que forman parte de comportamientos electorales similares y que atienden, principalmente, a un agotamiento de los modelos en los que se han inspirado las principales fuerzas políticas que han entrado en la contienda en los últimos años.
En efecto, desde hace unos 10 años se perfilaba un giro hacia las ofertas de izquierda en el sur del continente y, desde luego, México no era la excepción. Las ofertas políticas latinoamericanas entraban en una de las diferentes fases de crisis que se experimentaron en ese momento y que se identificaban, fundamentalmente, por escenarios en los que la dimensión de la economía y, particularmente, del efecto que este factor generaba en las economías familiares, no encontraba un eco sustancial de mejora con las ofertas tradicionales. Así, el neoliberalismo como forma económica de estrategia de desarrollo de las economías regionales tenía un poderoso y coincidente factor de crítica que se notó en las tendencias de voto de las elecciones de ese momento.
Junto con las dificultades macroeconómicas y de economías domésticas disminuidas, el surgimiento general de liderazgos populistas, mayoritariamente de izquierdas, captó el interés de los electores que confiaron en las ofertas que personajes dinámicos y de gran penetración con discursos novedosos, en los que, sin hacer ningún tipo de análisis o planteamientos estructurados de la proyección de las economías nacionales, desarrollaban propuestas que captaron el interés de los votantes. Una oleada de populismos de izquierda se planteó en el mapa electoral latinoamericano, llegando a tener un importante número de victorias.
Con el paso del tiempo y de la falta de presentación de resultados consistentes se generó el fenómeno inverso, es decir, la aparición masiva ahora de populismos de derecha. Los casos más recientes son los de Colombia, con Abelardo de la Espriella, y el de Perú, con Keiko Fujimori.
Un nuevo factor colocado en la agenda de proyectos de la ola de derechas en la región, además de la economía, lo constituye la intensificación en la crítica y señalamiento de dos elementos: la seguridad pública y la corrupción.
El desarrollo de las campañas electorales ha tenido algunos cambios como lo ha sido la incorporación de las tecnologías de la información y la comunicación en el desarrollo de los procesos. Considerar que la tecnología es un factor con el que el ciudadano toma decisión es muy relativo. En efecto, el trabajo de la articulación de las plataformas partidistas ha mostrado un agotamiento del sistema porque han dejado de comunicar contenidos efectivos para los votantes, sin importar la tecnología que se utilice.
Quizá un elemento a considerar lo constituye la tendencia, en nuevos votantes, de preferir sistemas autoritarios que democráticos asegurando la estabilidad social y económica que constituye un eje que las nuevas generaciones han privilegiado en sondeos recientes.
De forma que se plantea que en la medida en que no haya una renovación auténtica de plataformas electorales con la ciudadanía, los sobresaltos intempestivos de los liderazgos mesiánicos definitivamente estarán presentes, sin que eso signifique un avance social proyectivo y productivo.
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