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El Estado como constructor del reino

El presidente López Obrador, como continuación de su campaña, y ya gobernando, no ha dejado de recorrer el país predicando su lucha contra la corrupción y las desigualdades, como lo hizo en su visita a la localidad Etchojoa, en el estado de Sonora.

Ahí señaló que el propósito de su gobierno “es que tengan mejores condiciones de vida y de trabajo los más necesitados; esto es humano, es justicia social y es también cristianismo”. “Me van a criticar, pero lo voy a decir. Miren, ¿por qué sacrificaron a Jesús Cristo? ¿Por qué lo espiaban y lo seguían? Por defender a los humildes, por defender a los pobres, esa es la historia real”. Y finalizó asegurando que cristianismo es humanismo.

En la política, en el ejercicio del poder real, el lenguaje público genera percepciones sobre la comunidad, sobre la historia, los valores y a través de ese lenguaje se justifican usos y nociones que apuntalan la gobernabilidad de quien ejerce el poder; por eso todos los políticos tejen un discurso que les dé legitimidad en el espacio público.

Ningún otro presidente mexicano moderno ha tenido tantas referencias bíblicas en sus intervenciones públicas como el actual, pues está consciente de que 84.2 millones de mexicanos son católicos, 10 millones profesan otras confesiones cristianas y sólo 4.7 millones dicen no ser religiosos.

Para los analistas de la política, como Guillermo Sheridan, los discursos que utiliza en los pueblos más humildes del país se asemejan a predicaciones religiosas, y busca fortalecer su proyecto político orientándose hacia grupos religiosos.

Su sincretismo político se expresa incluso en el nombre de su hijo menor, Jesús Ernesto, quien se llama así por Jesucristo y por Ernesto Che Guevara, además de la estampita de la Virgen de Guadalupe que trae en su cartera y que lo protege de todo mal.

Este sincretismo entre religión y política le otorga un halo de autoridad frente a sus seguidores, de tal forma que sus dichos se convierten en verdad revelada.

Para los creyentes, la manipulación religiosa a través de este lenguaje puede traer graves consecuencias de tipo social, como ha sucedido en Nicaragua o Venezuela.

Además de su relación con las iglesias evangélicas, en una especie de fundamentación del sincretismo político, el presidente le pidió ayuda al doctor en Filosofía Enrique Dussel, ex rector de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, para formar el Instituto Nacional de Formación Política del partido Morena y aspirar a crear en el instituto una nueva generación de patriotas que se “decidan a reinventar la política” como hicieron “El Che Guevara, Fidel Castro o Evo Morales”. Patriotas dispuestos a darlo todo, “hasta la vida”, por los desposeídos, en sus palabras.

El doctor Dussel se ha dedicado desde el campo de la teología de la liberación a elaborar una deontología política, desarrollando un tratado que nunca la teología trató: el tratado del Estado como constructor del reino de Dios.

Pues mientras el presidente de México habla de cristianismo, muchos funcionarios de su gobierno, senadores y diputados de su partido político, Morena, promueven la despenalización del aborto, las drogas y la ideología de género.

Para los creyentes, si hubiera congruencia, debería respetar los valores del evangelio, el derecho a la vida, el matrimonio entre hombre y mujer, la promoción de la justicia, de la fraternidad, la no confrontación y descalificación de los enemigos, la unión del país y no la división, y el amor a Dios sobre todas las cosas, y no la manipulación del imaginario político y social.

El lenguaje público ha entrado en una dinámica donde las palabras pierden sus significados y se convierten en herramientas para la demagogia.

oceanoazul@live.com.mx

JJ/I