El papa León XIV, al pronunciarse sobre la situación en Venezuela, pidió superar la violencia y garantizar la soberanía.
Sus palabras expresaron que el bien del pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración; superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país, asegurando el estado de derecho inscrito en la Constitución, respetando los derechos humanos y civiles de todos y de cada uno, “con especial atención a los más pobres que sufren a causa de la difícil situación económica”.
La vida cotidiana de los venezolanos está marcada por la incertidumbre y la lucha constante contra la severa crisis económica y social, que incluye alta inflación, escasez de bienes y servicios básicos, y persistente inseguridad.
La mayoría de la población vive en condiciones de pobreza, con un alto porcentaje en pobreza extrema. La economía se ha dolarizado, y se necesitan cientos de dólares para vivir “bien”. El acceso a servicios esenciales como agua, electricidad y transporte es intermitente. La normalidad de Venezuela es la escasez de medicamentos e insumos médicos. Toda esta situación define las decisiones diarias de los venezolanos, desde qué comer, dónde trabajar, y hasta si es necesario emigrar.
Pocas personas sienten simpatía por Maduro. Es antidemocrático y represivo. Naciones Unidas publicó recientemente un informe en el que se detallan más de una década de asesinatos, torturas, violencia sexual y detenciones arbitrarias por parte de sus agentes contra sus oponentes políticos.
El robo de las elecciones presidenciales de Venezuela el año pasado, ha alimentado los problemas económicos y políticos en toda la región, al provocar un éxodo de casi ocho millones de migrantes a otras naciones.
A pesar de la captura de Maduro, los generales que han apoyado ese régimen no desaparecerán. Tampoco es probable que entreguen el poder a María Corina Machado, cuyo movimiento parece haber ganado las últimas elecciones del país y quien aceptó el Premio Nobel de la Paz el mes pasado.
El grave problema que se vive hoy en el mundo es el belicismo de Trump, con la doctrina “Monroe”, llamada así por el documento del presidente estadounidense, donde señala una Estrategia de Seguridad Nacional que reivindica el derecho a dominar Latinoamérica: “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”.
Para los analistas, sin la aprobación del Congreso, todas sus acciones violan la ley de Estados Unidos. En 2024, dijo: “No voy a empezar una guerra. Voy a detener guerras”. Ahora abandonó ese principio, y lo hace de manera ilegal. La Constitución exige que el Congreso apruebe cualquier acto de guerra.
Al bombardear las pequeñas embarcaciones que Trump dice que trafican con drogas, ha matado a personas basándose en la mera sospecha de que han cometido un delito y no les ha dado ninguna oportunidad de defenderse. Las Convenios de Ginebra de 1949 y todos los principales tratados de derechos humanos posteriores prohíben este tipo de ejecuciones extrajudiciales.
En este panorama, resuena la voz del papa León XIV: “Que en vez de la industria de la guerra se afirme la artesanía de la paz”.
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