Los mexicanos hemos dado multitudinarias muestras de cómo tenemos enorme capacidad para a tambor batiente festejar lo que deseemos. Somos creativos, risueños, ocurrentes. Lo estamos viendo y haciendo desde que empezó el Mundial de futbol. Bailamos en la calle, en la casa, en un restaurante o en el bar, en cualquier sitio; como buenos anfitriones, recibimos sonrientes y con mariachi a los extranjeros que han llegado al país; vestimos alegremente la playera de la selección mexicana a un pato que camina con sus dueños rumbo a la Alameda de la Ciudad de México y lo adoptamos como nuestra mascota; nos colocamos máscaras, herencia ancestral retomada por la lucha libre, y salimos a jugar tirándonos mamporros y llaves en una avenida, y hasta una joven de otro país se lanza para plancharnos.
Hacemos que se sienta mexicana cualquier persona que venga de otra nación, al vibrar juntos con las mismas emociones; nuestras coronas son los sombreros de charro o de zapatista, que lucimos en cualquier estadio o lugar; contagiamos la alegría al que se acerque y lo invitamos a que se sume para compartir abrazos, cantos, brincos y cervezas; jugamos a dominar el balón; cargamos botargas; invitamos a que saboreen y se enamoren de nuestra sabrosa gastronomía, que incluye, obviamente, la taxonomía de tacos; gritamos hasta quedarnos afónicos para apoyar a nuestro equipo; nuestra energía es poderosa y generamos neurotransmisores como dopamina, serotonina, endorfina y oxitocina; cantamos el himno de pie, saludamos a la bandera y la emoción casi nos hace llorar ante un rito nacional que aprendimos desde niños o niñas.
Somos mexicanos. Hacemos uso de un derecho universal: el derecho a ser felices. Traemos la fiesta por dentro y por fuera, pese a todo.
¿Quiénes buscan arrebatar o boicotear ese derecho? Los políticos y funcionarios que ocupan cargos para hacerse millonarios; aseguran falsamente que trabajan por el pueblo; engañan con su doble moral; favorecen la corrupción; son insensibles ante las graves problemáticas del país; ineptos para ofrecer soluciones reales y medibles; cómplices de la impunidad; aliados o integrantes de grupos criminales.
¿Quiénes más? Los que asesinan; doblegan autoridades; torturan y desaparecen personas; perpetran la crisis humanitaria de México; se apoderan de pueblos y regiones; venden droga; roban a personas inocentes; amenazan a los que se opongan a sus actividades criminales; siembran miedo para controlar voluntades; generan violencia para imponer su voluntad; desconocen lo que es compasión.
¿Qué otros? Los que saquean las riquezas del país; contaminan zonas; piden que intervengan en nuestro país militares de otras naciones; destruyen nuestra flora y fauna; manipulan las redes sociales para golpetear a críticos y generar odios y miedos; lavan dinero de grupos criminales; explotan laboralmente a sus empleados y una larga lista.
Atentan contra nuestra alegría quienes nos causan dolor y sufrimiento con fines perversos.
Que nuestra libertad y derecho a ser felices continúe durante cada encuentro de las selecciones de futbol. Porque la alegría es más potente cuando se adentra en el corazón de los mexicanos. Cuando se esparce y contagia a millones de personas. Por eso, hagamos lo que esté a nuestro alcance para que las víctimas de cualquier agresión puedan recuperar algo, no sé si poca o mucha, de la alegría que llegaron a sentir y que les fue arrebatada.
Merecemos dosis de festejos y agradecemos que otros encuentren los brazos solidarios de los mexicanos. Porque, finalmente, dar es igual a recibir. Recibir es igual a dar. En ese círculo mágico demos alegría, recibamos alegría.
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