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Consumo de IA

La Academia Nacional de Educación Ambiental organizó, la semana pasada, un seminario sobre educación ambiental e inteligencia artificial generativa (IAG).

La preocupación nace de ver que la utilización generalizada de la llamada inteligencia artificial está favoreciendo el deterioro de ciertas habilidades de pensamiento crítico, al tiempo que genera una alta huella ecológica y provoca injusticias socioambientales.

Hablamos del consumo de una de las tecnologías que, como ninguna en la historia de la humanidad, ha sido consumida y apropiada tan rápidamente. Por ejemplo, la analista de nuevas tecnologías, Mary Meeker, dice que “ChatGPT alcanzó a 800 millones de usuarios activos semanales en apenas 17 meses desde su lanzamiento, estableciendo el récord de adopción más rápida en la historia de la tecnología”.

Una crítica importante es que las tecnologías digitales, como la inteligencia artificial, entre otras, se han lanzado en la sociedad con criterios de mercadotecnia, es decir, que anteponen las ganancias económicas y carecen de marcos críticos y éticos para su uso. Basta ver la demanda que 29 estados de Estados Unidos han interpuesto contra la empresa dueña de Facebook e Instagram debido a la adicción, explotación y engaño (sobre sus impactos) que causaron en niños y adolescentes. En México ya existen centros de rehabilitación para menores con este tipo de adicción. 

Sin marcos críticos para su uso, la IAG tiene el riesgo de generar estudiantes y docentes pasivos y dependientes de la tecnología para crear ideas. Se pueden perder habilidades de pensamiento, el gozo de enfrentar desafíos de aprendizaje y, consecuentemente, para construir sentido a su vida en cada etapa. Es decir, se merma pensamiento crítico que ayuda a salir de problemas o dificultades creadas en una sociedad de consumo y preocupada por lo superficial.

Ser críticos con el uso de la IAG implica entender que no se habla con una “inteligencia”, porque no es una base de datos de conocimiento. Es una calculadora de secuencia de palabras basada en probabilidad y estadística que conversa de forma condescendiente y que ha sido entrenada con información de Internet, como afirma Alberto Ramírez, presidente del Consejo Mexicano de Investigación Educativa.

Eso quiere decir que la IAG, dice Ramírez, no contesta siempre lo correcto, sino lo más probable; además responde con la visión del norte global, con sesgos de género, raciales y de privilegios, por lo que hace importantes omisiones.

Por otro lado, el uso crítico de la IAG implica considerar la alta huella ambiental y social que produce. En las estimaciones del Instituto Universitario de Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INEWH), para 2030, el consumo de agua destinado a la IA equivaldrá al de mil 300 millones de personas del África subsahariana y requerirá casi el triple de la energía que gastan al año Pakistán, Bangladesh y Nigeria. Las emisiones de dióxido de carbono podrían alcanzar el equivalente a las que emite el Reino Unido y su infraestructura ocupará una superficie equivalente a diez veces la ciudad de México. 

Por ello es necesario desarrollar la educación crítica y ambiental para el uso de la inteligencia artificial.

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jl/I

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