Hace un mes, vecinos de Mirador de San Isidro me contactaron alertando sobre el proyecto Legado: una construcción de departamentos en un terreno clave para la regulación ambiental de una zona devastada por el crecimiento desmedido.
Su batalla ejemplar está por lograr que el proyecto sea trasladado. Hoy, su resistencia civil y su compromiso cívico nos dejan cinco lecciones fundamentales que vale la pena retomar.
Reacción. Los vecinos actuaron tan pronto como se enteraron. Primero, para alertar sobre la construcción de un complejo de 200 departamentos que pondría en riesgo los ya deficientes servicios públicos que les suministra el ayuntamiento. Además de visibilizar el problema en redes sociales, buscaron a periodistas y nos permitieron conocer todo el proceso. Ante las dudas, fueron accesibles e insistentes.
Organización. El chat que crearon para comunicarse entre ellos fue una manera de transparentar decisiones. En un grupo de WhatsApp hay más de 740 contactos que se fueron enterando de las primeras acciones, del plantón y de las visitas de representantes de los gobiernos estatal y municipal. Usaron Tiktok para transmitir en streaming las reuniones importantes. También invitaron a especialistas, lo que les permitió recopilar datos y tener herramientas ante la desinformación que se propagó sobre una supuesta manipulación.
Estrategia política. Los vecinos no se quedaron de brazos cruzados y fueron transformando su descontento en materialidad. Además de la protesta social, emocionante e indignante por el uso desmedido de la fuerza con que fueron desalojados, armaron estrategias políticas. Un grupo comenzó a explorar las opciones para judicializar la acción del gobierno. Otros pensaron en mecanismos de presión. Y otros consiguieron la ruta que logró una suspensión provisional que mantiene parado el proyecto.
Vinculación. Además de los medios de comunicación que poco a poco reconocieron la legitimidad del reclamo, los vecinos articularon las demandas de otras colonias aledañas que se inundan aguas abajo. El año pasado tuvimos una catástrofe provocada por una inundación en La Martinica que dejó personas fallecidas. Los vecinos fueron más allá: se acuerparon con otras luchas y conocieron las demandas de quienes se organizan por vivienda digna, por el cuidado del bosque El Nixticuil o por las afectaciones de obras urbanas en Huentitán y Jardines de la Paz. Politizaron su lucha, pero poniendo un límite a los partidos.
Sostenimiento. En ese grupo de WhatsApp compartieron acciones para generar recursos económicos. Hay quien ofrece verduras cocidas, elotes o carne asada; otros aportan trabajo directamente a la causa. Se organizan para hacer guardias nocturnas y cuidar el campamento instalado hace un mes. Les digo: un grupo de vecinos ejemplar.
La organización vecinal, política pero apartidista, ha dado frutos este año. Primero, porque logró desactivar un incremento a la tarifa del transporte público que hoy es subsidiada. Ahora, los vecinos de Mirador de San Isidro nos han enseñado que existe esperanza ante gobiernos que deciden proyectos desde el escritorio, pero sin consultar a quienes viven sus consecuencias.
Esperemos que sus exigencias encuentren eco en la voluntad oficial, pues ello permitiría que la administración estatal rompa con su inercia autoritaria. Sería la oportunidad de dejar atrás la sombra del sexenio anterior, que se construyó una imagen definida por el arrebato y la fuerza, convirtiendo esos episodios de violencia en una triste anécdota del pasado.
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