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El nado sincronizado no es normal

He dicho aquí que la visita de Enrique Peña Nieto a la Universidad Iberoamericana, en 2012, detonó uno de los debates más importantes sobre los medios de comunicación en México. Las protestas estudiantiles pusieron sobre la mesa asuntos que parecían intocables: la concentración mediática, la pluralidad informativa y la influencia política sobre la construcción de las noticias.

Han pasado catorce años. Los recientes datos del Instituto Reuters muestran que los periódicos impresos se encuentran en retirada, mientras que las redes sociales se han convertido en la principal puerta de entrada a la información. Sin embargo, hay algo que no ha desaparecido: el nado sincronizado.

No es difícil detectarlo. Basta revisar las portadas de distintos medios, escuchar algunos noticieros o navegar por ciertos portales informativos. De pronto, todos hablan exactamente de lo mismo. La misma declaración, el mismo enfoque, la misma fotografía e incluso los mismos encabezados. Como si una sola mano hubiera coordinado la agenda de todos.

Hace algunos años la explicación era sencilla: una llamada desde el poder, una línea editorial impuesta o la influencia de un gran anunciante. Eso sigue existiendo, pero sería un error pensar que el problema se reduce a una conspiración perfectamente organizada. La realidad es más compleja.

Las redacciones son cada vez más pequeñas. Donde antes había varios reporteros cubriendo distintas fuentes, hoy hay uno solo intentando hacer el trabajo de tres. Me ha tocado estar en ambos bandos: despedir amigos y también ser despedido. Es brutal. Los medios tienen menos recursos, menos tiempo y menos margen para investigar. “Es la economía, estúpido”, dirán los administradores. Pero el periodismo de calle, ese que obliga a salir, contrastar versiones, tocar puertas y encontrar historias propias, se ha convertido en un lujo para muchas empresas informativas.

Tenemos otro ingrediente: una dependencia económica que nunca terminó de resolverse y que ya nadie quiere debatir. En muchos casos, la publicidad oficial sigue siendo una fuente fundamental de ingresos. Y cuando quien paga también tiene capacidad para influir en la agenda pública, la independencia editorial se vuelve más frágil. 

Hay además un factor menos visible. Las métricas digitales han cambiado las prioridades. Hoy importa producir mucho, publicar rápido y generar clics. Una investigación puede tomar semanas. Hoy podemos convertir en noticia la visita de un pato a la mañanera. El incentivo favorece la velocidad sobre la profundidad.

El último factor es la inteligencia artificial. No porque manipule la información por sí sola, sino porque facilita la producción masiva de contenido de relleno. Mientras, muchas oficinas de comunicación social han dejado de construir capacidades propias y prefieren subrogar sus funciones a consultoras, agencias o productoras cercanas al poder. 

El resultado es una paradoja. Nunca habíamos tenido tantos canales para informarnos y, sin embargo, cada vez es más frecuente encontrar exactamente las mismas historias en todas partes.

Por ejemplo, si casi medio millón de personas reportan problemas de agua turbia en esta ciudad, vale la pena preguntarse por qué no estamos todos hablando de eso. Al final, el nado sincronizado no consiste en que todos digan lo mismo. Consiste en lograr que nadie pregunte por lo que falta.

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jl/I

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