En esta semana, da comienzo formal el proceso electoral de 2027, lo que significa que los organismos encargados del procesamiento, federal y local, comenzarán a estructurar los modelos a partir de los cuales tendrá lugar las diferentes etapas de la elección que, como se sabe, implican la renovación de 17 gubernaturas, designación de mil 98 diputaciones, 18 mil 57 cargos en ayuntamientos y 437 presidencias de juntas municipales, sindicaturas y regidurías.
Tal y como lo prevé el ordenamiento correspondiente, los órganos electorales, así como los tribunales encargados de dirimir las incidencias que puedan presentarse durante el proceso, comienzan a organizar la estructura electoral del próximo año. Se trata de lo que se ha denominado las elecciones intermedias, que de alguna forma han constituido, a lo largo del tiempo, una especie de termómetro ciudadano respecto del impacto de las políticas de gestión pública de los gobiernos en turno.
Por otra parte, representan también un momento crítico para el oficialismo respecto al hecho de mantener la hegemonía en las cámaras que, hasta este momento, les ha permitido modificar a criterio de sus necesidades la Constitución.
Podría pensarse que se trata no de un ejercicio como el que tendrá lugar en el 2030, elección de cambio de presidente, sino de uno en el que se pueda evaluar a través del voto la consistencia de las políticas puestas en funcionamiento.
Por otra parte, en el territorio electoral no se alcanza a percibir una sólida estructura de importantes oposiciones que hayan estructurado un modelo alternativo al oficialismo. En ese sentido, en la diversidad de los espacios regionales será interesante observar cómo se mueven las tendencias. De igual forma, analizar el caso de las coaliciones o alianzas que se vayan presentando dará una lectura de cómo están proyectándose las diferentes tendencias que no están integradas por decisiones lineales del Centro y, con ello, podrá analizarse cómo se definen los espacios de poder y qué marcas los sustentan.
Un elemento que desde hace algunas semanas está en movimiento es la avalancha de contenidos en el campo de la comunicación política. En efecto, aun cuando oficialmente no ha iniciado el proceso y mucho menos el proselitismo electoral correspondiente, la infinidad de mensajes no políticos, sino claramente proselitistas, se encuentra en la enorme paleta de opciones que ofrecen ahora las nuevas alternativas tecnológicas de comunicación, así como los llamados medios tradicionales.
El ciudadano se verá en una terrible encrucijada para poder determinar el valor de las informaciones a las que estará expuesto por no contar con un esquema claro de análisis, de comparación y sobre todo de verificación de la información que va a recibir. Tratar de establecer la veracidad de un dato proporcionado por algún “influencer”, contrastar con elementos de algún generador de contenido o blogs, que los hay en enormes cantidades, así como la selección de notas que se transmiten a través de las compañías de celulares, las primicias de los medios tradicionales y la polarización de las declaraciones de los actores políticos, coloca el tema de la comunicación política, en un nuevo escenario que nos proponemos escudriñar más adelante.
GR









