Este fin de semana las redes sociales se saturaron de reportes por una grave crisis de agua sucia distribuida por el Sistema Intermunicipal de los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado (Siapa). El olor a drenaje aumentó en decenas de colonias, pero eso no lo vimos reflejado en la primera edición semanal de los medios impresos, con excepción de ‘El Diario NTR’ Guadalajara.
Los medios que lo consignaron lo hicieron a partir de un boletín de prensa emitido por el Siapa, en el que justificaba la nueva crisis por la contaminación en el antiguo sistema de abasto. Y es que la narrativa que se impone en Jalisco es la del silencio.
Ese silencio que lo mismo omite el agua sucia que entrega el Siapa, que la desaparición de jóvenes y el reclutamiento forzado. El que quita el nombre de “Jalisco” al cártel más fuerte del mundo o niega que el estado es sede de hechos violentos.
A esa cadena de silencios impuestos sumamos otro la semana pasada. Los miles de radioescuchas de Jalisco se encontraron con la ausencia de Gricelda Torres Zambrano, esa voz tan familiar cuando se toma un taxi, en los hogares, en los trabajos.
Gricelda es mi amiga. Pero no escribo este texto desde ese privilegio que ha significado tenerla cerca con su solidaridad, su generosidad y, especialmente, su ejemplo. Lo hago por la pérdida que siento como radioescucha, como jalisciense y sobre todo como periodista.
Gricelda tiene una trayectoria intachable de más de tres décadas en el periodismo. Leal, incluso en este momento, a la única empresa a la que dedicó su vida y su profesionalismo. Premio estatal de periodismo precisamente por su trayectoria y por un extraordinario trabajo que puso el foco sobre un sector de la población en el que nadie reparaba: los huérfanos del feminicidio, Gricelda hizo de los derechos humanos su principal agenda.
Como jefa de información, como conductora, como su propia productora y como reportera nunca regateó tiempo ni esfuerzo para llevar los temas que le afectan e interesan a los ciudadanos. Esa agenda es la que ha caracterizado su carrera y por la que es identificada por quienes confían en ella sus historias y sus denuncias.
Quienes la conocen, saben que siempre ha ejercido el periodismo desde la honestidad inquebrantable y la rectitud que esta profesión exige. Los políticos nunca le han interesado y prefirió dedicar su trabajo a la gente, a quienes solo tienen al periodismo como herramienta para defenderse.
Por eso, el silencio que deja en el cuadrante es preocupante. Porque es un silencio impuesto a su carrera, al periodismo y a la gente a la que ella le da voz.
El silencio impuesto a Gricelda Torres Zambrano y a los temas que han provocado crisis en el estado es preocupante y no podemos ignorarlo. Está aquí y nos obliga a voltear hacia otro lado, como si el daño que sí causan la violencia, la corrupción, la contaminación, la crisis del transporte público o la voracidad inmobiliaria no existieran. Es, en realidad, la narrativa de un silencio ensordecedor.
jl/I









