En estos días en que México vuelve la mirada hacia sus muertos, los cementerios se llenan de flores, fotografías, veladoras y recuerdos. La solemnidad de Día de Muertos nos coloca frente a la pregunta de qué hacemos con la muerte cuando forma parte inevitable de nuestra vida.
En ese escenario cultural, aparece entre los años 50 y 60 del siglo pasado, una devoción que provoca rechazo, curiosidad, fascinación y debate, la nombrada Santa Muerte, es decir, una ventana más para observar a la sociedad mexicana.
Desde la sociología y la antropología, la indagación consiste en preguntar qué significa para quienes la practican y qué necesidades sociales expresa.
El sociólogo Gilberto Giménez ha planteado que la religión debe comprenderse también como un hecho cultural y simbólico. Desde esta perspectiva, las creencias religiosas cumplen la función de ayudar a vivir, a generar esperanza, y ofrecen consuelo, dan sentido a la existencia y permiten afrontar el sufrimiento y la muerte.
La antropología ha documentado que el culto contemporáneo a la Santa Muerte no posee un origen único. Su expansión en la sociedad, como lo asegura el antropólogo Claudio Lomnitz, se desarrolla dentro de una sociedad profundamente marcada por el cristianismo, pero también por la incertidumbre, la desigualdad, la violencia y la fragilidad económica.
Los investigadores y especialistas en este tema han encontrado entre sus devotos personas que buscan protección, salud, trabajo, seguridad, justicia o simplemente compañía espiritual frente a situaciones que perciben como difíciles de controlar.
Reducir la devoción a la Santa Muerte exclusivamente al mundo del crimen o del narcotráfico resulta sociológicamente insuficiente, ya que algunas investigaciones académicas han encontrado que esa asociación con el crimen organizado estigmatiza a quienes practican el culto.
Esa presencia también se observa en la vida cotidiana. Hay altares en viviendas, negocios, calles y espacios privados; se encienden veladoras, se colocan flores, se ofrecen alimentos, bebidas u otros objetos y se realizan rezos individuales o colectivos. Algunos devotos llevan incluso su imagen en tatuajes como signo de protección, identidad o agradecimiento.
La devoción se va construyendo en la experiencia cotidiana, en la familia, en el barrio y en las relaciones comunitarias. En Guadalajara, una investigación antropológica encontró precisamente vínculos entre esta devoción y personas procedentes de ambientes católicos, algunas de las cuales incorporan la Santa Muerte como una práctica complementaria a sus creencias.
Eso nos permite comprender por qué la Santa Muerte funciona para sus devotos, como un símbolo para enfrentar la vida. Ante enfermedades, peligros, desempleo, conflictos familiares, migración, violencia o incertidumbre económica, algunos creyentes encuentran en ella una representación cercana de aquello que inevitablemente todos tendremos que enfrentar.
Ciertamente, no se pueden colocar en el mismo altar cultural al Día de Muertos y a la Santa Muerte. El Día de Muertos tiene una historia ritual propia, vinculada a las celebraciones católicas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, además de las múltiples tradiciones funerarias que se han desarrollado en México.
La Santa Muerte pertenece a otro proceso cultural, el de una religiosidad contemporánea que se reinventa en medio de una sociedad cambiante. Su crecimiento habla no solamente sobre quienes la veneran, sino también sobre el México que rodea este fenómeno social.
Sociológicamente, la Santa Muerte habla de los vivos, de sus miedos, sus esperanzas, sus necesidades y su búsqueda de protección.
En una sociedad que intenta controlar cada vez más los riesgos de la existencia, la muerte continúa recordando aquello que ninguna institución, tecnología o poder económico puede evitar.
En estos días, México coloca flores sobre las tumbas y enciende veladoras para recordar a quienes ya partieron, pero la presencia de esta devoción nos invita a mirar otra realidad, la manera en que cada generación construye sus propios símbolos para convivir con el misterio de morir y, sobre todo, con la necesidad profundamente humana de encontrar sentido para seguir viviendo.
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