Seguramente conocen este escenario: las calles tomadas por multitudes inconformes, las plazas convertidas en espacios de confrontación y los gobiernos respondiendo con represión. La desigualdad aumentaba el descontento, las instituciones perdían legitimidad y el miedo al futuro se mezclaba con la nostalgia de un pasado que ya no era. El autoritarismo prometía devolver el orden a una sociedad rota.
Parece que estoy hablando de las recientes manifestaciones en París, Atenas, Madrid o Guadalajara En realidad escribo sobre la Italia fascista de principios del siglo 20. Las circunstancias eran muy distintas. En aquel país, las camisas negras perseguían opositores y Mussolini desmantelaba las libertades. Fue en ese contexto donde Antonio Gramsci, periodista e intelectual, escribió desde la prisión: “La crisis llega cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”.
Gramsci comprendió que el poder no se sostiene únicamente mediante la fuerza, sino también a través de la cultura, la educación y la construcción del sentido común. También entendió que los intelectuales participan en esa disputa: no sólo explican el mundo, sino que contribuyen a organizar las ideas con las que una sociedad interpreta la realidad.
Lo saco a cuento porque las recientes manifestaciones juveniles en distintas ciudades del planeta tienen entre sus causas una esperanza erosionada. Hay una generación que observa cómo se concentra la riqueza, se encarece la vida y se alejan las posibilidades de construir un futuro mejor. Las demandas son distintas en cada ciudad, pero hay una pregunta que las atraviesa: ¿qué mundo estamos moldeando juntos?
Me emocionan las manifestaciones de jóvenes acompañados por sus profesores. Algunos de esos profes ya libraron sus propias batallas. Quedan quienes marcharon en 1968, quienes vivieron los años de la guerrilla, quienes presenciaron el fin de la hegemonía priista y quienes participaron en el movimiento #YoSoy132.
Con todo y canas, siguen caminando junto a sus estudiantes. En las marchas del 11 y 18 de octubre reconocí muchas caras. Cuando los contingentes gritan “¡El profe marchando también está enseñando!”, pienso que hay experiencias emocionantes que generan ciudadanía. Aún conservo buenas anécdotas en las marchas por la mejora del transporte público o en la democratización de los medios de mi época estudiantil.
Por eso creo que hay que poner atención en el relanzamiento del Instituto de Estudios Sociológicos, realizado este martes en el CUCSH. Quienes lo impulsan buscan que sus investigaciones sean pertinentes para el debate público. La intención es necesaria, aunque tendrán que enfrentarse al monstruo de la burocracia universitaria y, a la vez, en generar conocimiento pertinente.
No basta con publicar diagnósticos cuando las crisis ya pasaron. Necesitamos investigaciones que ayuden a comprender las protestas mientras ocurren, que escuchen a sus protagonistas y que produzcan propuestas para atender los problemas públicos. También hará falta trabajar con otras disciplinas y con las propias comunidades. Abrazar la diversidad de una universidad tan grande es un reto.
El relanzamiento de este instituto puede ser una oportunidad para recuperar esa vocación pública de las ciencias sociales. No se trata de renunciar al rigor académico, sino de reconocer que la pertinencia de una investigación también se mide por su capacidad para dialogar con la realidad. Es momento de decirle al mundo por qué las ciencias sociales también son importantes.
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