Gobernar es, ante todo, mantener un proyecto a flote. En 1988, el periodista Denis Jeambar y el filósofo Yves Roucaute publicaron ‘Elogio de la traición’, un clásico de la teoría política que sostiene que, si un gobernante quiere preservar el poder y evitar que su proyecto naufrague, debe estar dispuesto a rectificar, negar sus antiguas certezas y abandonar a quienes se han convertido en un lastre.
Los autores revisan, entre otros episodios, la transición española a la democracia. Cuentan cómo Juan Carlos I, designado sucesor por Francisco Franco, se apartó gradualmente del régimen que le había entregado la Corona y respaldó una estructura capaz de conducir las reformas democráticas. En ese proceso fue fundamental Adolfo Suárez, quien desmontó desde el propio Estado buena parte del aparato franquista y abrió el camino para la legalización de los partidos y las elecciones. Años después, Felipe González y el Partido Socialista también tuvieron que moderar sus posiciones, aceptaron la monarquía parlamentaria y llegaron al gobierno por la vía electoral. El rey y la izquierda renunciaron a algunas de sus certezas para alcanzar un objetivo de largo plazo.
Casi cuatro décadas después, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha decidido marcar distancia, por la vía del silencio, respecto del gobierno de López Obrador. He analizado los tres principales mensajes que ha dirigido a la nación: la toma de posesión, en octubre de 2024; el primer informe, en septiembre de 2025, y el segundo informe, presentado ayer. La primera gran diferencia es la ausencia explícita del ex presidente en el discurso más reciente.
Hace dos años, como heredera de un liderazgo apabullante, Sheinbaum se refirió a él en varias ocasiones. El año pasado todavía recurrió a esa sombra: veníamos de la elección judicial de junio de 2025, impulsada por López Obrador y celebrada por el oficialismo como la culminación de una reforma histórica.
El silencio no equivale a una ruptura ideológica. Es, más bien, una operación de búsqueda de autonomía: conservar los principios, los programas y la base electoral del obradorismo, pero retirar a su fundador del centro de la narrativa presidencial y del poder, sin necesidad de declarar la ruptura.
En la toma de posesión, Sheinbaum llamó a López Obrador “el mejor presidente de México” y “el mejor presidente que ha tenido nuestro país”. En el primer informe todavía reconoció “la gran hazaña del presidente López Obrador”. Pero en 2026, su nombre desapareció.
La presidenta también fue sutil, pero suficientemente contundente, al reprender a quienes, enfermos de poder, han renunciado a la austeridad. “Los servidores públicos tenemos la obligación de comportarnos con profunda responsabilidad, pero al mismo tiempo con sencillez y humildad”.
No señaló a nadie. Sin embargo, recordó que antes “se utilizaban los recursos públicos para excentricidades y lujos” y remató: “Eso terminó con la llegada de la cuarta transformación, y lo digo claro: debe continuar de esa manera”.
Mientras los gobernadores toman nota, Sheinbaum marca su agenda y despeja el camino de liderazgos que se resisten a reconocer su autoridad. Gobernar es preservar el proyecto, incluso sin el rey.
jl/I









