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Dolores Huerta, defensora de las personas trabajadoras migrantes

Hay mujeres que cambian la historia y otras que, además, nos obligan a revisar cómo la hemos contado. Dolores Huerta hizo ambas cosas. Ella deja un testimonio de vida y un legado fundamental en la defensa de los derechos laborales y civiles en Estados Unidos. También nos deja una lección profunda: ninguna causa justa vuelve intocables a quienes la encabezan.

Dolores dedicó su vida a defender a los trabajadores agrícolas quienes recogían las frutas y verduras en los campos estadounidenses a cambio de salarios precarios, jornadas extenuantes y condiciones laborales injustas.

En 1962 fundó, junto con César Chávez, la Asociación Nacional de Trabajadores Agrícolas, que luego se convertiría en la Unión de Campesinos. Organizó y participó en huelgas, boicots y negociaciones hasta conquistar mejores condiciones laborales para miles de jornaleros. A ella se atribuye la popularización de la consigna Sí, se puede, convertida en esperanza y organización más allá de las fronteras.

Durante mucho tiempo su contribución quedó a la sombra de la figura con la que compartió aquella lucha. Dolores Huerta no fue una acompañante: fue una dirigente, una estratega y una mujer que ayudó a construir el poder colectivo. Marchó y acompañó hasta sus 96 años de vida a diversos movimientos y actores sociales en la defensa y ejercicio de los derechos humanos.

Este año, Huerta reveló públicamente que sufrió el abuso de Chávez durante los años sesenta. Explicó que guardó silencio durante décadas porque temía perjudicar al movimiento campesino al que había dedicado su vida.

Su testimonio nos obliga a cuestionar: ¿qué sucede cuando la violencia proviene de alguien a quien una comunidad considera un héroe? No para borrar las legítimas causas y conquistas alcanzadas, ni para desconocer la importancia histórica de la organización campesina. Sí para comprender que ningún movimiento puede estar por encima de la dignidad e integridad de las personas y que ningún dirigente debe quedar exento de cuestionamientos.

Al hablar de su propia experiencia, Huerta puso sobre la mesa una realidad que sigue vigente en nuestras sociedades; en sindicatos, partidos políticos y movimientos sociales: las mujeres también pueden ser víctimas de violencia dentro de los espacios que prometen transformar al mundo.

La personalísima decisión de Huerta para hacer público este abuso, engrandece su legado. Nos recuerda que defender una causa por más justa que sea, no puede encubrir a quienes la representan y que la lealtad a un movimiento, nunca debería exigir el sacrificio de la propia dignidad.

Nombrar a Dolores Huerta es visibilizar a una mujer que dedicó su existencia a organizar a quienes otros preferían mantener invisibles. Es reconocer su derecho a contar su propia historia, aunque incomode a quienes quieren conservar intactos sus monumentos.

Dolores Huerta se va a los 96 años, congruente y plena. Deja un legado enorme, como ella. Que Dios la reciba en su reino y que su alma goce de la libertad eterna. Eterna luz a Dolores Huerta.

X: @claudiaacn

jl/I

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