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‘Cuatrotizar’ para destruir

A mi amigo y camarada Roberto Castellanos, con bien mucho cariño 

 

El presidente López Obrador no puede seguir ocultando el desastre que representa para nuestro país, en términos humanos y económicos, su gestión de la pandemia. 

La semana pasada diversos sucesos lo demuestran. Primero, la confirmación del Inegi de que la Secretaría de Salud (Ssa) ha mentido reiteradamente sobre el número real de muertes por Covid-19. De febrero a agosto del año pasado la cifra de fallecimientos que Inegi reportó es de 108 mil 658, y Salud había reportado 75 mil 17 decesos. ¿Cómo le habrá caído el reporte del Inegi al presidente, que unos días después de haber salido a la luz, su director general declaró en entrevista que las cifras de todo 2020 serían dadas a conocer después de las elecciones? 

Segundo, las declaraciones del rector de la UNAM sobre que el número de fallecimientos reconocidos por la Ssa (más de 150 mil hasta la última semana de enero) y el exceso de la mortalidad general eran prueba de que el sistema de salud del país ha sido rebasado por la epidemia. De inmediato, el funesto subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud quiso desdeñar la certera evaluación del rector arguyendo que en términos de disponibilidad hospitalaria el sistema de salud no ha sido rebasado, lo que demuestra que el personaje de marras no entiende que no entiende; la respuesta del sistema de salud es mucho más que la cantidad de camas disponibles. 

Tercero, la valoración que el Instituto Lowy, el mayor think tank australiano en materia de política exterior para Asia y la zona Pacífico, hace acerca de la gestión de 100 países y territorios ante la pandemia. Toma en consideración: número de casos confirmados, de decesos confirmados, casos confirmados por millón de habitantes, decesos confirmados por millón de habitantes, confirmados como proporción de las pruebas aplicadas y pruebas aplicadas por cada mil habitantes, es decir, lo que realmente importa. Y México se ubicó en el penúltimo lugar. Sólo Brasil lo ha hecho peor. 

Cuarto, la restricción de vuelos provenientes de nuestro país impuesta por Canadá y Cuba (hasta el momento), luego de valorar el riesgo que representa para su población el ingreso de mexicanos. Así nos ven en el exterior. No tarda en que otros países adopten medidas similares. 

Quinto, el pírrico aumento presupuestal en salud ante la peor crisis sanitaria de nuestra historia. El infame aumento del presupuesto para la salud que se ejercerá este año se concentra principalmente en Pemex luego de las presiones de su sindicato. En términos reales, el presupuesto para el IMSS y el ISSSTE se redujo -1.5 y -1.8 por ciento, respectivamente; y el incremento de 9.1 a la Ssa, luego de descontar la inflación de 2020 (3.3 por ciento, Banco de México), queda en un ridículo 5.8, es decir, nada. 

La realidad en salud no da tregua a la sociedad y tampoco a la incapacidad del gobierno federal para responder a la pandemia. Incapacidad con diferentes aristas. La más importante y la que de manera reiterada han acusado es la ineficacia para romper la cadena de transmisión. 

A esto se suma el conservadurismo crónico que infunde en AMLO la compulsión por centralizarlo todo: fideicomisos, comunicación, adquisición de medicamentos, aplicación de vacunas contra Covid-19... para construir clientelas electorales. 

De tal suerte que cuatrotizar realmente significa centralizar para controlar. Y en salud esto ha representado darle la puntilla a un maltrecho sistema de salud en el peor momento y con funestas consecuencias. 

Quien aún lo dude, que se dé una vuelta por el Instituto de Oncología de Jalisco, al que el gobierno federal le debe desde el año pasado, por servicios prestados, más de 150 millones de pesos. 

Cuándo entenderemos que nunca han sido primero los pobres, siempre han sido primero los votos. 

raulvargaslopez@gmail.com

jl/I