La imagen fue potente y, para diversos sectores de la opinión pública, sintomática. Un pato llamado ‘Merlín’, convertido en mascota no oficial del Mundial 2026, apareció en la conferencia matutina de la presidenta Claudia Sheinbaum. El ave ocupó reflectores, cámaras y minutos de la transmisión oficial en Palacio Nacional.
Este episodio, aparentemente anecdótico, abre una discusión analítica más profunda sobre las estrategias de comunicación gubernamental: ¿qué prioridades y narrativas comunica un gobierno cuando decide abrir el espacio institucional de mayor visibilidad a un fenómeno viral, mientras persiste una marcada percepción de distancia con las familias y colectivos de búsqueda de personas desaparecidas?
México atraviesa una crisis humanitaria prolongada en materia de desaparición forzada y cometida por particulares. Diversas organizaciones de la sociedad civil y colectivos de búsqueda han insistido en la necesidad de sostener encuentros directos con la Presidencia de la República, con el objetivo de colocar en el centro de la agenda nacional la localización de las más de 133 mil personas desaparecidas registradas en el país.
Si bien la administración federal sostiene que existen mesas de trabajo permanentes y canales institucionales a través de la Secretaría de Gobernación, la realidad empírica muestra que una parte significativa de estos colectivos ha manifestado una insuficiencia en la escucha activa y el reconocimiento de sus demandas.
El análisis crítico no debe centrarse en desacreditar la presencia de la mascota ni en ridiculizar a quienes la cuidan. El fenómeno sociológico detrás de ‘Merlín’ refleja elementos legítimos de la identidad popular: el comercio informal, la apropiación ciudadana de la coyuntura mundialista y la necesidad colectiva de asirse a símbolos de ligereza en contextos sociales complejos.
El problema analítico radica en la asimetría del contraste político.
En el ámbito de la comunicación pública, los símbolos poseen una carga de legitimidad tan densa como las políticas públicas mismas. La disparidad entre la calidez de la recepción a un fenómeno de la cultura digital y la ausencia de una audiencia visible, formal y de alto nivel con las familias de personas desaparecidas genera una narrativa de selectividad institucional difícil de soslayar. Esta contradicción se amplifica en el marco del Mundial 2026, un escaparate internacional donde el Estado mexicano busca proyectar estabilidad, optimismo y cohesión social frente al exterior.
La vertiente técnico-administrativa del gobierno tiene argumentos: la existencia de ventanillas de atención, reuniones periódicas de seguimiento y mecanismos de diálogo técnico con comisiones especializadas. Sin embargo, la política contemporánea y la gobernanza no se dirimen exclusivamente en el terreno burocrático; operan también en la dimensión performática, emocional y simbólica del poder.
Las personas buscadoras no demandan únicamente la activación de protocolos o el llenado de expedientes; exigen reconocimiento político, validación humana y la garantía de que el Estado asuma la responsabilidad histórica de mirarlas de frente. Por ello, la expresión de un padre buscador en redes sociales –“si quiere no me vea como un padre que busca a su hijo, véame como un pato”– resonó con fuerza en el debate público: logró sintetizar el sentimiento de desamparo y la percepción de que la agenda del dolor nacional es evitada por resultar incómoda para la estética del poder.
Ningún Estado se fortalece mediante la elusión de sus fracturas internas. Ninguna estrategia de comunicación masiva, por sofisticada o empática que resulte en el terreno de lo viral, puede sustituir la densidad política y la estatura moral que otorga la escucha directa a quienes llevan años buscando a sus seres queridos.
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