El poderoso narcotraficante y criminal de Colombia, Pablo Escobar Gaviria, tenía aspiraciones políticas. En 1981 creó su propio grupo político, llamado Movimiento de Renovación Liberal (MRL), ala del partido Nuevo Liberalismo. Lo fundó con el abogado y político Jairo Ortega, quien se postuló como candidato propietario a la Cámara por el Departamento de Antioquia; Escobar fue su suplente en la lista de la fórmula electoral.
Ambos participaron activamente en la campaña electoral. Escobar recorrió las calles de Medellín y el departamento de Antioquia, con discursos de civilidad, civismo, nacionalismo y obras sociales, entregó obras y regaló dinero. En marzo de 1982 concluyeron sus actividades proselitistas. El día 14 de ese mes, la lista con el par de candidatos a una curul colombiana ganó las elecciones. Recibieron una alta votación: más de 32 mil sufragios a su favor.
¿Qué estaba detrás de ese aplastante triunfo? Escobar impulsó meses atrás el programa de beneficencia social Medellín sin tugurios, que consistió en construir cientos de casas para familias muy pobres que vivían en el basurero municipal de la ciudad. Destinó millones de dólares para convertir el lugar en un barrio con canchas de futbol, iluminación y los servicios.
Escobar utilizó en su campaña el emblemático Parque Berrio, el corazón geográfico, comercial y político de Medellín, como uno de los principales escenarios para organizar manifestaciones masivas, lavar su imagen pública ante los electores, distribuir propaganda y entregar dádivas a personas empobrecidas.
La periodista Virginia Vallejo, autora del libro ‘Amando a Pablo, odiando a Escobar’, y quien posteriormente fue su amante, difundió en televisión el programa social y llamó al narcotraficante el ‘Robin Hood’ de los pobres. Los beneficiados lo consideraron un héroe y protegieron ciegamente durante años. La mayoría de los votos que obtuvieron Jairo y Escobar provenían de los barrios más pobres de Medellín. El siguiente objetivo de quien se presentaba como empresario era ser alcalde de la ciudad.
El líder del crimen organizado tomó posesión de la curul en julio de 1982. Suplió a Ortega en diversas sesiones, participó en comisiones y debates legislativos. Los representantes colombianos sabían quién era Escobar y le temían. El narcotraficante basaba su poderío en la cuantiosa fortuna, cientos de sicarios, enorme consenso entre la población marginada, nexos con políticos de alto nivel, el miedo que infundía, la impunidad, medios informativos sumisos y fuerzas de seguridad corrompidas. Hasta que el ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, quien sería asesinado, lo denunció públicamente en octubre de 1983 y a Escobar le quitaron la curul.
¿Qué sucedió después? Esa es otra historia.
Escobar mostró cómo los poderosos jefes criminales también buscan los espacios políticos, la estructura que fortalece su poder económico y armado. En México sobran ejemplos. No crean partidos políticos, pero tienen aliados en partidos e imponen candidatos, financian campañas electorales, amenazan o eliminan a quienes se oponen, sobornan y controlan elementos de fuerzas de seguridad, lavan dinero con empresarios cómplices, abogados y jueces están de su lado, promueven el voto por sus candidatos, roban urnas y acarrean a su base social. Aumentan su poder ilegal. Infiltraron al Estado mexicano.
Está por iniciar el proceso electoral. Un asunto de seguridad nacional es impedir que personajes vinculados al crimen organizado compitan por cargos de elección popular. Los primeros responsables de atajarlos son los partidos políticos. Cuando no lo hacen, son cómplices.
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