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El deseo y lo salvaje

Hay algo en lo que llamamos “salvaje” que nos aterra. Hay algo en lo que llamamos “salvaje” que nos encanta. Nos llama. Nos hipnotiza. ¿No soñamos todas de pronto con una casa en la granja donde se críen gallinas y se cocinen tartas? 

En la época del desencanto citadino, de haber roto las promesas que nos hicimos en la urbanidad y después de haber destruido casi por completo los pequeños paraísos fuera de las ciudades hasta absorberlas casi por completo, la añoramos.

Creo que en esa idealización ciega que se hizo más profunda durante la pandemia por Covid-19 es que está cimentada la última novela de Gabriela Jauregui, un librito de Sexto Piso publicado este mismo año y que lleva de título ‘Zorra’.

Esta novela aborda a dos personajes aturdidos por ese desasosiego citadino. Ella acaba de salir de una fuerte adicción a drogas sintéticas que la mantuvo anestesiada, primero, y luego ansiosa y deprimida tras la abstinencia. Él es su pareja y también es un artista que ha descubierto el placer del silencio y la calma lejos de la ciudad.

Al inicio de la novela, que corre los años de manera vertiginosa, hay claridad. Se encuentran de pronto en una granja en donde hay apenas gallinas que no ponen huevos, paisajes verdes y atardeceres. Hay encuentros sexuales entre ellos, de principio esa soledad y ese constante olor a heno, los llena. Pasan los días desnudos, yendo y viniendo, explorando la calma del día y de las pequeñas labores domésticas que requiere lo que no está, justamente, domesticado.

Hay algo que parece monotonía y que es también parecido a la felicidad.

Hasta que un día llega una mujer desconocida a irrumpir ese ritmo que se comenzaba a parecer a la normalidad.

Llega y la dejan quedarse y rompe en cuestión de días a romper con ese delgado equilibrio de trabajo y tiempo.

Esa extraña funge como una mirada externa a ese paisaje en apariencia secreto. Y comienza en cuestión de horas a cuestionar las formas en las que la pareja, habitante original de la granja, se relaciona con el mundo, con el ecosistema que ocupan sin contemplarlo de veras, sin conocerlo. Comienza incluso a increparlos acerca de su deseo, acerca de lo que buscan en la otra, en el otro, y en suma, abre una grieta desde la que puede colarse la verdad, o algo parecido.

Como suele suceder, esa muchacha salvaje, que representa, quizá, lo indómito, se cuela a pesar de todo en ese paisaje que tanto habían cuidado sus constructores y que incluso a pesar de sus pulsiones por el respeto y ese deseo de fondo por lo opuesto a la ciudad y a lo civilizado, habían construido muy superficialmente.

Porque no queda remedio y a pesar de nosotros mismos, lo desconocido y lo inexplorado encuentra siempre formas de manifestarse.

La tragedia de estos personajes es no haber encontrado en el ‘opuesto’ lo que se imaginaban. A pesar de todo, se entregan a lo desconocido y se sienten atropellados por su propio deseo de eso. ¿Acaso hay otra forma de vivirlo cuando es lo que se añora?

Para mí ‘Zorra’ habla de ese deseo contemporáneo e incomprensible de abandonar la vida como la conocemos y sus terribles e inevitables consecuencias aun sin tener claro cómo sería, cómo es, cómo ha sido lo otro. La verdad de que nos hemos desconectado tanto de la ruralidad hasta que la llamamos periferia, que no nos reconocemos más en ella, presas de un deseo bucólico de que nos trague por completo. 

El libro puede encontrarse en librerías de todo el país. 

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jl/I

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