Esta semana con mis amigas hemos estado pensando e invocando a Virginia Woolf.
El libro en el que hemos estado pensando y que con otras artistas hemos rumiado lentamente, como pocos libros pueden leerse cuando se leen en colectivo, es ‘Tres guineas’, un libro que nació como una correspondencia escrita desde un lugar lleno de dolor, el principio de la Segunda Guerra Mundial y la continuidad constante de los conflictos armados que esculpieron la historia de Europa y del mundo.
‘Tres guineas’ además es una correspondencia en el tiempo que ya contestaba tarde (tres años tarde). Era 1938 y Woolf ya se preguntaba acerca del papel de las mujeres en momentos de grandes dramas humanos y proponía que este papel fuera uno que abandonara la ambición por la victoria.
Woolf planteó una interrogante fundamental para su tiempo, considerando que poco antes apenas las mujeres habían conquistado su derecho al voto y las discusiones acerca de la igualdad de género comenzaban a tomar una fuerza que solo se haría más fuerte con el tiempo: ¿qué pueden hacer las mujeres de su tiempo para prevenir la guerra?
No nos parecía descabellado, en ese sentido, continuar esa conversación porque la guerra, para sorpresa de nadie, sigue aquí. Las cosas, en verdad, no han cambiado, no solo porque los conflictos que involucran las guerras que comienzan los poderosos parecen renovarse y el papel de las mujeres en ese sentido sigue siendo crucial, sino porque propone que un lugar de esperanza debe comenzar como una renuncia.
La propuesta de Woolf no es como el discurso popular solía, en su tiempo, situar a las mujeres ante el conflicto para actuar desde su “lugar”: el de la vida doméstica, sino que propone tres formas en las que, renunciando a la mirada de los hombres frente a las armas y ante las conquistas bélicas en nombre de la patria, las mujeres pueden apelar a la paz. No se trata, propone, de intentar ingresar a toda costa a las instituciones patriarcales para asimilarse a ellas y reproducir sus dinámicas de dominación, rivalidad y ambición mercantil, sino de reformarlas mediante una postura crítica, manteniendo autonomía intelectual y rechazando las recompensas de la vanidad jerárquica.
Me parece desde este humilde espacio que vale la pena pensar en ellas con detenimiento.
En primer lugar, Woolf propone fomentar de manera seria la educación universitaria de las mujeres, la segunda señala financiar su inserción en las profesiones liberales que las pueden hacer dueñas de su propio destino.
La tercera guinea se destina finalmente a una asociación pacifista radical, desde la cual Woolf postula su célebre “Sociedad de las Outsiders” (Outsiders’ Society), un espacio utópico en el que las mujeres contribuyen a prevenir la guerra rechazando de plano el nacionalismo, el militarismo y la cultura del poder. Al proclamar que como mujer una no tiene patria –quizá porque para esa patria la mujer es una ciudadana de segunda categoría–, Woolf defiende un pacifismo feminista que vincula de manera indisociable la violencia del fascismo en el exterior con el despotismo patriarcal en la esfera privada y profesional, proponiendo el rechazo a la complicidad como la herramienta reformadora más efectiva.
Me parece necesario que, al pensar en un espacio de esperanza, este tendrá que ser fuera de los términos de las conquistas y del éxito. Tendrá que ser como empezar de cero.
‘Tres Guineas’ se ha traducido al español en varios momentos. Editoriales como Debolsillo y Tres Hermanas.
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