Tuve un constante viaje arriba y abajo con el nuevo libro de Elena Poniatowska acerca de Rosario Castellanos. Es adorable, pero, en algunos pasajes, me hacía rabiar.
Antes de decir algo, debo confesar que soy ‘Rosariocastellanista’. Creo que Rosario es la autora más importante de la historia de México, tanto como Sor Juana; creo que nos dio lenguaje, nos dio formas de pensar el mundo en el que habitamos y nos prestó un espejo para mirarnos. Madre putativa de todas nosotras, las que creemos que hay que, por encima de todas las cosas, dejar huella, escribir, leer, estudiar. Las que nacimos todavía con el culto a la literatura pegado en las manos.
A principios de este año se publicó un librito en el Fondo de Cultura Económica con una especie de biografía y reportaje cultural que hizo la periodista mexicana sobre Rosario, como se han escrito tantas, pero ‘Rosario Castellanos. En los labios del viento he de llamarme árbol de muchos pájaros’, sobre la autora, académica y diplomática mexicana, solo lo pudo haber escrito Elenita.
Fue un acompañante extraño, este libro. Porque habla de Rosario como se habla de una amiga, se cuentan sus amarguras, sus arrebatos, se usan las palabras con las que ella se describía dentro todavía de los márgenes del cliché machista sobre las mujeres del siglo pasado, se hace crítica de su constante pulsión por hacerse menos, hacerse chiquita, hacerse la que no tocaría el ego de ningún hombre ni con el pétalo de una rosa y, eso, por supuesto, es incómodo de leer a la luz de este tiempo. Resulta ajeno para una que como tantas ha leído todo sobre Rosario y la ha propuesto quizá como modelo crítico de un movimiento -el feminista, cómo no- en México, donde se espera de nosotras tantas cosas y en este texto, que creo que había comenzado con el libro de perfiles ‘Las siete cabritas’, publicado ya hace más de 20 años, se habla de una mujer atormentada, afiebrada por sus propias expectativas, enamorada de un hombre más allá que de ella misma, insegura, que tenía que trabajar todo lo posible para no incomodar, para declararse menor que sus pares varones.
Poniatowska ha dicho de Castellanos en este libro y en varias declaraciones públicas, que era una mujer de gran fortaleza. Pero hubo momentos en el libro en el que me pareció difícil de creer. Quizá porque en la obra como en el resto de la vida de Castellanos hay un vínculo irremediable y evidente entre la escritura, el relato afectivo y la realidad de las mujeres en la transición liberadora del siglo 20. Una problemática, que cuestionaba lo que ellas, quienes vivieron la época habían aprendido con la fuerza del hierro. Es apenas entendible y hay que repetirlo, que todo esto haya existido en una contradicción compleja entre querer estar y sentirse constantemente expulsada del mundo público que le pertenecía.
Ese es el tremendo hallazgo de este libro que solo podía escribir quien la conoció profundamente, quien habló con ella y la reconocía en esa diversidad, no nosotras que la hemos puesto en un lugar en el que quizá ni ella misma se imaginó estar. Este libro me reconcilia en ese sentido con lo que creo de Rosario y la mujer de carne y hueso que fue.
Y luego, sin embargo, hay retratos hermosos que hubiera deseado ver con mis propios ojos. Retratos de Rosario haciendo del periodismo nacional un espacio de diálogo sobre la maternidad y la vida de la mujer moderna, sus casas, sus muebles queridos, la oscuridad de su espíritu desde la infancia, su cercanía con la muerte, y ella, como nosotras tantas veces, mirándose al espejo siendo incapaz de asir lo que veía.
Luego pienso que hay que quererlas así en sus superficialidades y virtudes como a una madre que se la quiere por encima de todo su pasado. En sus quereres incomprensibles, en su calzamiento imperfecto de lo bueno y lo malo.
Esa profundidad es la que aspiro que tenga el periodismo cultural que encabeza Elena Poniatowska.
La profundidad que la ve como la vio sentirse pequeña, disculpándose siempre, sentirse víctima pero irlo superando poco a poco. Nunca oprimida, liberada como ella sola: así la muestra Poniatowska en este libro que para todas nosotras es también un regalo. Un retrato hermoso de una figura primigenia, rebelada/revelada.
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