Hay algo que me incomoda particularmente de ‘Promising Young Woman’, la película de Emerald Fennell. No es solamente la violencia sexual que atraviesa la historia, sino todo lo que sucede alrededor: las personas que saben algo y prefieren no ahondar demasiado, las instituciones que pueden tragarse un problema y la facilidad con la que una historia puede quedarse en silencio si nadie insiste en contarla.
Por eso me acordé de ella cuando conocí el caso de ‘Los 7 de Cornell’.
Y no tanto por la historia que llegó a los medios, sino por algo que ocurrió antes: alguien decidió buscar.
En octubre de 2024 una estudiante de la Universidad de Cornell, identificada judicialmente como ‘Jane Doe’ en una demanda civil, acudió al inmueble de la fraternidad Chi Phi para encontrarse con Matthew Ingalls, un compañero al que consideraba su amigo.
De acuerdo con los documentos de esa demanda, durante la noche le dieron alcohol y drogas hasta llevarla a un estado de completa incapacidad física y cognitiva; durante varias horas la joven sufrió múltiples agresiones sexuales en las que habrían participado siete estudiantes.
La demanda individualiza a Matthew Ingalls, Johnathan Newell, Winston Lee, Gillio Lopes, Diego Sarabia, Scott Norris y Scott Kretzschmar, y describe distintas formas de participación: desde suministro y consumo de sustancias hasta agresiones sexuales, coerción, aislamiento y conversaciones dentro de un chat grupal.
Todo eso es grave. Pero hay otra parte de esta historia que me interesa particularmente porque tiene que ver con algo que conozco: el periodismo como una forma de poner el reflector donde alguien preferiría que no hubiera luz.
El expediente existía, pero eso no significó que la historia fuera pública.
Fue ‘The Cornell Daily Sun’, el periódico independiente, fundado en 1880, administrado por estudiantes de Cornell, el que rastreó registros judiciales y documentos procesales hasta encontrar la demanda civil y hacer pública su existencia.
Y aquí es donde, para mí, la historia se vuelve todavía más interesante, porque hablamos de periodismo universitario.
No de una gran redacción nacional con decenas de reporteros y recursos enormes. Hablamos de estudiantes mujeres que decidieron hacer periodismo sobre la institución de la que ellas mismas forman parte.
Eso implica algo que a veces olvidamos cuando hablamos de medios universitarios: no son solamente un ejercicio académico; también pueden ser prensa y, por lo tanto, pueden ejercer escrutinio.
El trabajo de ‘The Cornell Daily Sun’ permitió además sacar a la luz elementos contenidos en los documentos, entre ellos capturas de pantalla de Snapchat del grupo “Chi Phi Actives”, donde los involucrados habrían compartido mensajes mientras ocurrían los hechos señalados en la demanda.
Después la historia creció y ocurrió algo que me parece esencial recordar cuando hablamos de periodismo: la publicación de una historia puede cambiar lo que sucede después.
La atención mediática llevó a las autoridades del condado de Tompkins a reevaluar la vía penal mediante la intervención de un Gran Jurado. Cornell y la directiva nacional de Chi Phi también tomaron medidas disciplinarias y de suspensión.
El periodismo encontró una historia que estaba ahí y la puso frente a los ojos de los demás.
El trabajo periodístico suele empezar de una manera bastante menos cinematográfica: revisar un registro, rastrear un documento, hacer una pregunta, leer aquello que alguien más desecha. Este caso lo hicieron estudiantes.
Y quizá una de las mejores razones para que existan periódicos universitarios sea justamente esa: que haya alguien dentro de la comunidad dispuesto a mirar cuando todos los demás voltean a otro lado.
En Cornell, al menos en esta historia, hubo alguien que miró.
Y decidió contarlo.
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