Hay palabras, conceptos, fechas que no comprendemos o no nos significan nada hasta que un día todo cambia y empiezan a tener sentido.
Ese fue mi caso, cuando escuché por primera vez que el 15 de octubre era el Día Mundial de Concienciación sobre la Muerte Gestacional, Perinatal y Neonatal.
No recuerdo si fue antes o después de la muerte de Nikté, mi hija, pero sí sé que fue a partir de entonces que esa fecha dejó de ser una más. Como tantas otras cosas que antes me eran ajenas y que, de pronto, se volvieron parte de mi vida.
Y es que hay dolores para los que nadie nos prepara. Pocas veces alguien nos habla de la posibilidad de que el embarazo termine en muerte, de que la cuna quede vacía, de que debamos aprender a vivir con una ausencia que, para el resto del mundo, a veces parece invisible.
Cuando atravesé mi duelo conocí a muchas mujeres que también habían pasado por ello. Algunas estaban acompañadas, otras en soledad. Cada una con su historia, sus circunstancias y sus maneras de afrontar la muerte de sus hijos. Y casi todas con muy poca información sobre nuestros derechos, los protocolos hospitalarios o las alternativas que teníamos para despedirnos.
Porque sí, también hay formas de acompañar la muerte. Hay maneras de hacer menos doloroso lo que ya es devastador. Y hay mucho que podemos hacer para que ninguna mujer, ninguna familia, tenga que atravesar este trance sintiéndose desamparada.
Lo entendí mejor cuando conocí la labor de Georgina González Martín del Campo, de la asociación Duelo Respetado. Nunca nos hemos visto en persona, pero su trabajo me ha acompañado desde aquel mundo digital al que llegué buscando respuestas, para entender lo que me estaba pasando y encontrar a otras personas que supieran de qué hablaba cuando decía que mi hija había muerto.
Georgina ha impulsado, entre otras iniciativas, el Código Mariposa, una estrategia que busca ofrecer a las familias espacios adecuados y protocolos específicos para despedirse de sus bebés fallecidos durante el embarazo, el parto o poco después de nacer.
Parece increíble que todavía tengamos que discutir estas cosas, pero lo cierto es que durante mucho tiempo la muerte gestacional y perinatal ha sido un tema del que se habla poco, como si el silencio pudiera hacer menos real el hecho. Como si no hubiera un hijo, una historia, una familia que debe encontrar la manera de seguir adelante.
Por eso me conmueve cada avance, cada hospital que se suma, cada espacio que se abre, cada derecho que se reconoce. Porque detrás de esas acciones hay mujeres que decidieron transformar su dolor en algo que pudiera servirles a otras. Mujeres que, sin conocernos, nos hemos acompañado.
No conozco a Georgina en persona. Tal vez ella no sepa cuánto me alegra ver cada nuevo logro, cada paso que da junto con otras personas que han hecho de esta causa una forma de honrar a nuestros hijos. Pero cada vez que veo que algo cambia, que una familia tendrá mejores condiciones para despedirse, siento que algo de lo vivido también encuentra un lugar en el mundo.
No se trata de evitar el dolor. No hay protocolo que consiga eso. Se trata de que, cuando llegue, podamos transitarlo con dignidad, con respeto, con información y con la certeza de que no estamos solas.
Hace 10 años yo no sabía lo que significaba el 15 de octubre. Hoy sé que es una fecha para recordar a nuestros hijos, para nombrarlos, para abrazar su memoria. Pero también para reconocer a quienes trabajan para que las familias que vengan después encuentren un camino menos solitario.
Si nuestra historia permite que alguna mujer se sienta acompañada, si ayuda a que una familia tenga un poco más de tiempo, un trato más humano o un espacio seguro para despedirse, algo habremos logrado.
Sentirnos cobijadas.
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