Es curioso cómo nuestros muertos siguen teniendo formas de hablarnos desde dondequiera que estén. No es que yo crea en el más allá o en la vida después de la muerte, pues mi escepticismo es añejo y mi ateísmo es bien sabido. En realidad, hablo de esos recuerdos de quienes ya partieron de este mundo y llegan a nuestras vidas por las palabras de otras personas, por objetos preciados o por vías como una canción, una novela clásica, una película o un sabor hecho comida o bebida.
Hace unos días, durante una comida, mi tía abrió su bolsa y sacó una cajita. Me dijo que primero se las habían dado a ella y ahora ella me las daba a mí. Era un par de Sheaffer. Una pluma y un lapicero que mi abuelo le regaló a mi tía hace más de 40 años, cuando ella entró a la facultad, y ahora ella me las regalaba a mí.
Más allá de la belleza artesanal de los objetos, primero pensé en la generosidad de mi tía de legarme algo tan preciado y significativo que le regaló su papá, y después pensé en que, a pesar de que mi abuelo murió cuando yo era una niña, sigue viviendo en las historias que cuentan aquellas personas que lo conocieron y lo quisieron; en las fotos que aún se conservan y que capturaron momentos únicos; en unas plumas que llegaron a mis manos como un obsequio, en medio de una celebración y poco antes de cumplir 45 años.
Pienso en objetos, pero en realidad son algo de la historia de esas personas que me amaron y que ya no acompañan mi vida terrenal. Mi abuela me regaló un biombo de madera que siempre estuvo en su casa y que yo le pedía con vehemencia, y que tiene años ya en la mía. Y me regaló su bellísima máquina de coser Singer, más como un ornato, porque yo no sé hacer ropa.
Mi tío me regaló un gato. Un dije hermoso de ojos de esmeralda que me dio en una cajita cuando cumplí 40 años, que a su vez le fue obsequiado a él por mi abuela.
Las vidas de los tres terminaron hace años, pero de alguna forma se siguen haciendo presentes.
Cuando nos topamos uno de esos objetos o cuando contamos su historia, por un instante dejan de ser cosas para convertirse en una especie de puente. No es que crea que mi abuelo, mi abuela o mi tío habitan en ellos, ni que haya algo sobrenatural en esas coincidencias. Es que esas plumas, ese biombo, esa máquina de coser o ese dije guardan algo que va más allá de su utilidad o su belleza: una parte de las vidas que los tocaron antes de llegar a la mía.
Por eso me gustan tanto las historias que vienen con las cosas. Saber quién las compró, quién las regaló, en qué casa estuvieron, qué manos las sostuvieron. Pensar que un objeto puede atravesar décadas, mudanzas, pérdidas y cumpleaños, y que de pronto termine en nuestras manos, como si en el trayecto hubiera conservado algo de quienes ya no pueden contarnos su propia historia.
Pero también pienso en aquello que yo dejaré en los demás. Los libros que les regalo a mis sobrinas y mi sobrino cada inicio de año, el disco que le obsequié a alguna amiga, los aretes, la pulsera o la ropa que viajó en avión desde otro lugar de la geografía como recuerdo de un viaje. Y aquello menos palpable, como las tardes de café, las horas de conversación, los abrazos fuertes y sin prisa…
Porque al final no son las cosas lo que permanece, sino los vínculos que somos capaces de reconocer en ellas. Y, aunque no crea que exista otra vida después de esta, me gusta pensar que hay muchas maneras de seguir formando parte del mundo incluso cuando ya no estamos en él. Que algo de nosotros se queda en las personas que quisimos, en las historias que cuentan sobre nosotros, en los gestos que alguien aprendió a nuestro lado y que repetirá sin saber de dónde vienen.
Y entonces los recuerdos los traen de nuevo con nosotros.
A la vida.
jl/I









