Cuando recuerdo de forma particular mi infancia, el arte y la cultura, en su sentido más amplio, siempre tuvieron un lugar preponderante.
Y no me refiero solo a aquello a lo que tenía acceso en casa, que eran colecciones de libros, enciclopedias, discos en acetato y casetes, películas rentadas, momentos para pintar o dibujar, sino también fuera de ella, en teatros que literalmente estaban a unos minutos de donde vivía, como el Foro de Arte y Cultura o el Alarife Martín Casillas, o espacios públicos que se convertían en lugares de exposiciones, puestas en escena de grupos vecinales, música y bailes llenos de pasión y sin nada o poco de técnica.
Lo recuerdo porque, entonces, me parecía completamente natural. No pensaba que tener cerca un teatro, una biblioteca, una casa de cultura o una plaza donde aparecía alguien a tocar música fuera una especie de privilegio. Simplemente estaban ahí. La cultura formaba parte del paisaje cotidiano, igual que la escuela, el parque o la tienda de la esquina.
Quizá por eso me llamó la atención un dato del Estudio sobre Brechas de Género en el Ecosistema Cultural y Artístico del Área Metropolitana de Guadalajara, realizado por Fundación Marisa: 53.7 por ciento de los hogares considera muy importante practicar alguna actividad artística o cultural y otro 29.7 por ciento la considera algo importante. Es decir, más de ocho de cada 10 hogares le conceden algún grado de importancia.
Pero cuando la pregunta deja de ser qué tanto nos importa la cultura y se convierte en las condiciones para practicarla, la fotografía cambia.
Solo 38.5 por ciento de los hogares encuestados dijo contar en su colonia con espacios públicos como casas de cultura, centros comunitarios, plazas con actividades culturales o bibliotecas. El 61.5 por ciento dijo que no. Y la ausencia es mayor entre los hogares de nivel socioeconómico bajo: 66.4 por ciento reportó no contar con estos espacios cerca.
La contradicción me parece reveladora. Decimos que la cultura importa, pero no necesariamente construimos las condiciones para que forme parte de la vida cotidiana.
Porque la cultura empieza cuando una niña puede tomar una clase de danza cerca de casa; cuando un adolescente encuentra una biblioteca a la que puede llegar caminando; cuando una familia tiene un espacio seguro donde escuchar música o pintar.
El estudio señala, además, que 70 por ciento de las personas encuestadas identifica escuelas o academias privadas para realizar actividades culturales o artísticas cerca de su casa. Podría parecer que ahí está la respuesta a la falta de infraestructura pública, pero la oferta tampoco se distribuye igual: la reportan 42.9 por ciento de los hogares de nivel alto, 26.3 de los de nivel medio y apenas 11.4 por ciento de los de nivel bajo.
Cuando el espacio público escasea, el dinero puede comprar una alternativa. Y cuando tampoco hay dinero, la puerta se estrecha.
Hay otro dato que lleva a ver la cultura como una tarea cotidiana: las jefas de hogar son quienes aparecen con mayor frecuencia como impulsoras y organizadoras de la participación cultural colectiva de las familias, con 28 por ciento, por encima de los jefes de hogar, con 21.4 por ciento. Detrás de una clase, un ensayo o una actividad hay que encontrar, inscribir, pagar, acomodar horarios, llevar y recoger. La cultura también tiene una infraestructura invisible hecha de tiempo y cuidados, y una parte importante de ese trabajo recae en las mujeres.
Tal vez por eso mi recuerdo de infancia no solo es reflejo de libros, discos o teatros, sino de un entorno en el que el acceso a la cultura estaba incorporado a mi vida.
Una ciudad puede tener artistas extraordinarios, festivales, museos; puede presumir una vida cultural intensa y una población que dice valorar el arte. Pero si para una parte de sus habitantes la cultura queda lejos, cuesta demasiado o exige tiempo y cuidados que una familia no tiene disponible, entonces deja de ser una experiencia cotidiana y se convierte en una posibilidad desigual.
Ahora pienso que el verdadero privilegio de mi infancia no fue tener libros, discos o teatros cerca, sino crecer creyendo que todo eso era para mí.
Sin tener duda.
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