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Agua y política limpias

Los derechos al agua limpia y a la protesta son inalienables. La violencia es injustificable, en ella no hay posibilidad de debate ni de futuro compartido.

La actual crisis del agua en la Zona Metropolitana de Guadalajara es quizás la más importante de su historia. En ella confluyen decisiones irresponsables y corruptas, pasadas y recientes, y una visión pragmática que nos ha impedido aprender a cuidar el agua en su sentido más político.

En esta crisis confluyen tres tiempos que han afectado y siguen afectando a las poblaciones y los ecosistemas del agua. También se evidencia que la población urbana de Guadalajara, si quiere gozar de agua limpia, es corresponsable de restaurar la salud de los ecosistemas y de las poblaciones afectadas por sus aguas negras.

Los actores políticos deben construir un proyecto de largo plazo que proteja los ecosistemas, favorezca la infiltración al subsuelo, distribuya agua limpia y permita que esta fluya hasta el mar, superando la tentación de obtener beneficios políticos de la crisis.

El primer tiempo comenzó con la designación del corredor industrial de El Salto, sin atender las recomendaciones preventivas. Desde la década de 1950 existen registros que advierten sobre la fragilidad del manejo del agua en la cuenca del Santiago. Fueron desoídos, mientras se fragmentaban el río y los pueblos, se toleraba la contaminación y se abandonaba la salud pública. El segundo ocurre ahora en Huaxtla, donde las cascadas agonizan por la presencia de hidrocarburos, ante la indolencia social y de las autoridades. El tercero es la amenaza presente de ampliar el corredor industrial en Villa Corona, conocida por sus manantiales termales, siguiendo un esquema similar al de El Salto.

Estas crisis también se alimentan del desconocimiento de la población de Guadalajara sobre las fuentes de agua que la abastecen, sostenido por una visión pragmática del recurso.

El agua en abstracto no existe, forma parte de un ecosistema. Pensar en “agua para la urbe” favorece las malas decisiones y la irresponsabilidad en su cuidado.

Abordar esta crisis exige conocer la geografía del agua y sus ecosistemas locales. Así como reconocemos la geografía del aire limpio cuando los incendios en el bosque La Primavera cubren la metrópoli de humo peligroso, hoy podemos mirar de dónde viene el agua y cómo su mal manejo vulnera los derechos a la salud y a una vida digna de quienes habitan esos territorios.

Quienes viven donde el agua nace o corre conocen sus formas tradicionales de cuidado. Allí el agua tiene nombre: es tal río, tal manantial, tal pozo. Contaminarla implica enfrentar el rechazo comunitario.

En Guadalajara carecemos de ese conocimiento y de una cultura arraigada de cuidado. Las Pintas no es solamente una colonia: es el territorio de un gran humedal, extendido hasta la zona donde se construyó un aeropuerto para favorecer a un político.

Las autoridades y los partidos políticos deben estar bajo vigilancia ciudadana. Es tiempo de abandonar la vulgaridad política y construir un proyecto común de largo plazo que cuide los ecosistemas que nos dan agua y asuma la responsabilidad de limpiarla durante su recorrido hasta el mar.

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jl/I

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