Hace unos días, en una conversación con un cubano que vive fuera de su país, me aseguró que México debe dejar de ayudar a Cuba. Para él, como para muchos, la única manera de terminar con el régimen, encabezado por Miguel Díaz Canel, es asfixiar a la isla para presionarlo. Sus padres aún viven en La Habana, pero él considera que el fin de la dictadura socialista también les beneficiará a ellos.
Ponerse de acuerdo sobre cómo resolver las crisis de Cuba es muy complicado. Las condiciones en las que viven los cubanos en la actualidad, sobre todo ante la falta de energéticos, es insostenible. “El cubano sobrevive donde nadie”, me asegura una cubana que sigue en la isla y que ayer sobrellevaba otra tarde de apagón.
He de admitir que mi cariño por Cuba, por razones familiares, me impide entender la exigencia para que México se sume al embargo. Podemos o no estar de acuerdo con el gobierno de Díaz Canel, pero todas las medidas que se han tomado para presionar al régimen solo han tenido consecuencias para el pueblo cubano.
En días pasados, la presidenta Claudia Sheibaum declaró que hay muchos países que invierten en la isla, como España. Es cierto. La hotelería, los restaurantes y algunas actividades turísticas tienen participación extranjera. De aquel socialismo cerrado queda casi nada. Incluso para los cubanos, que ya pueden montar sus propios negocios bajo la figura de “cuentapropistas”.
El problema es que de la mano de una semiapertura comercial, el Estado cubano empezó a apartarse de la vida económica de su pueblo, especialmente con la desaparición paulatina de la “libreta”, ese cuadernillo que permitía acceder a productos básicos por montos irrisorios. Un subsidio alimentario que hacía que, en la isla, a pesar de la falta de recursos, no hubiera personas pidiendo dinero en la calle o en pobreza alimentaria.
El Estado también soltó otros servicios. El de la salud, que tan buena fama tenía, se sostiene por el prestigio de sus médicos y sus investigadores, en hospitales y clínicas en franco deterioro y tratando de aminorar el desabasto de insumos.
También el sistema de movilidad pública casi desapareció. Seguro hay quienes hasta añoran los “camellos”, esos largos autobuses de doble cabina. Ahora, para moverse hay que depender de otros cubanos, esos que vemos en largas filas tratando de conseguir combustible.
La presión de Estados Unidos con el tema del petróleo puede paralizar esa movilidad, pero no solo para quienes necesitan ir de un lugar a otro. Seguramente empeorará el abasto de alimentos y medicamentos.
Ayer también se manejó la posibilidad de que los aeropuertos de la isla dejen de suministrar combustible a aviones internacionales. Un duro golpe al sector que ofrece los más importantes ingresos para Cuba, los del turismo.
¿Conviene a los cubanos que se endurezca el bloqueo y que otros países, como México, cedan ante las amenazas del presidente estadounidense Donald Trump? No lo creo. Hasta ahora, ninguna de esas medidas ha servido y el impacto más importante que tiene es un deterioro inhumano de la vida de los cubanos.
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