No es ficción, pero se parece mucho. Nos encontramos en un momento histórico en el que, mientras en algunas regiones del mundo todavía luchan por la soberanía, en otras por la seguridad y, en otras más, por combatir la pobreza, unos pocos países se mantienen frenéticos en una carrera por el poder a través del desarrollo de la inteligencia artificial (IA), esa tecnología que se ha colocado recientemente en el epicentro de la discusión internacional por su falta de regulación. ¿Acaso estamos en el umbral de un nuevo imperio? La pregunta es: ¿quién será el emperador?
La IA lleva décadas desarrollándose y se puso al alcance de todos recientemente a través de sus modelos más básicos, con un perfil didáctico; sin embargo, a nivel macro, ahora nos cuestionamos ante quién nos enfrentamos. Sí, quién. La IA no es solo esa herramienta de entretenimiento, análisis o reproducción de imágenes y sonido; ha dejado de verse como una tecnología controlada por el hombre en el avance de la medicina y la ciencia, y se ha posicionado como una inteligencia capaz de superarse a sí misma, según las palabras de Jacob Coxon, el investigador de Anthropic que, hace unos días, lanzó una alarmante afirmación cuando renunció a la empresa liderada por Dario Amodei, al decir que la IA “está jugando con nuestras vidas”. Sí, otro investigador desarrollador que renuncia a un gigante tecnológico por falta de control.
En febrero pasado, Mrinank Sharma, ex jefe de seguridad de IA en Anthropic, renunció con una afirmación alarmante: “El mundo está en peligro”, y no solo por la IA o las armas biológicas, sino por una serie de crisis internacionales que se están desarrollando.
¿Cómo es posible que las brillantes mentes artífices del invento del siglo decidan retirarse con declaraciones tan contundentes?
¿En qué momento se le cedió el poder a la inteligencia artificial para que sus líderes y creadores admitan sus deficiencias, pero no frenen su desarrollo? Posiblemente en el momento en que entró a nuestras vidas e intercambiamos la comodidad por el control, le abrimos la puerta para automatizarla y aceptamos su condicionamiento.
La semana pasada, la ONU convocó al Consejo de Seguridad bajo el tema “Inteligencia artificial y seguridad internacional”, ya que los agentes de IA han actuado de forma inaceptable y peligrosa. Sam Altman, consejero delegado de OpenAI, aceptó que se podría “perder el control del futuro” si los modelos avanzan más rápido que las personas que los controlan; mientras que Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, agregó que “podría ser un riesgo para la humanidad en su conjunto si se gestiona mal”. Si sus desarrolladores lo tienen tan claro, ¿por qué no se ha generado una regulación internacional? ¿Por qué no desaceleran sus proyectos o se activan candados que se controlen de forma externa por organismos independientes?
Yoshua Bengio, copresidente del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de la ONU, es enfático ante las amenazas globales, como el mal uso en manos de terroristas, la concentración de poder o la pérdida de control sobre la misma.
Históricamente, los imperios pueden caer por las armas o, en muchos de los casos, se derrumban desde adentro. ¿Tendremos tiempo suficiente para verlo? Posiblemente, si las regulaciones internacionales llegan justo a la matriz de todo: los bolsillos de las empresas desarrolladoras. Meta y Zuckerberg saben de eso; la última sanción económica que los obligó a hacer ajustes en sus plataformas les costó 18 mil millones de dólares, y solo se trataba de redes sociales.
¿A alguien más le parece que estamos frente a la versión 2026 de la película ‘Yo, Robot’ (2004)? ¡Qué visionaria fue la ficción que Asimov planteó en 1950! La preocupación internacional por regular el nuevo imperio es genuina; la diferencia es que esto no es Hollywood ni Will Smith vendrá para salvar el día.
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