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La violencia se imita

Qué peligrosa puede ser la idolatría y la imitación fuera de control. Hace unos días, el ataque a una secundaria en Torreón, Coahuila, abrió la conversación sobre qué motiva a un joven a irrumpir en una escuela con la intención de lastimar a alumnos y docentes, y por qué no pudo evitarse.

El 1 de octubre no fue un jueves cualquiera para los habitantes de La Unión. La irrupción de dos ex alumnos marcó un antes y un después para la Secundaria General 13. El estruendo de unos petardos y los gritos de los estudiantes alertaron a la comunidad, que no tardó en acercarse. Lamentablemente, no pudieron hacer mucho antes de que los hermanos, de 18 años, le quitaran la vida a la subdirectora e hirieran de gravedad, con armas blancas, a otras cuatro personas.

Los profesores lograron desarmar a los agresores; la comunidad los contuvo y ellos tuvieron suerte de que las autoridades llegaran y los pusieran bajo resguardo, antes de que los padres de familia hicieran justicia por su propia mano.

Las preguntas después de los hechos fueron muchas. ¿Qué los motivó? ¿La influencia de la violencia local? ¿Un entorno disfuncional? ¿La cultura incel? ¿El consumo de contenidos violentos? ¿La imitación de otros agresores? Las ropas negras que vestían y las referencias al atacante del CCH Sur, Lex Ashton, quien en septiembre del año pasado mató a un estudiante y agredió a varias personas, plantearon la posibilidad de una imitación de otros ataques. Las respuestas sólo podrán darlas los responsables, quienes ahora enfrentarán la justicia como los adultos que son y podrían obtener una pena de hasta 60 años cada uno.

Las hipótesis no tardaron en llegar. Para la presidenta Sheinbaum, los contenidos violentos en redes sociales incitan a las agresiones, por lo que prevé trabajar en un decreto que obligaría a las plataformas digitales a detectar y reportar contenidos y comentarios que inciten a la violencia. El SNTE, por su parte, propone capacitar a padres, maestros y alumnos para actuar ante situaciones de riesgo como la ocurrida la semana pasada.

Nadie está preparado para un evento violento. Nadie debería tener que normalizar un protocolo de respuesta ante un ataque en una institución escolar, pero estos hechos son cada vez más frecuentes y contar con herramientas para responder resulta cada vez más necesario.

De haber existido un protocolo, ¿habría sido otro el desenlace del ataque en la preparatoria Anton Makarenko, en Michoacán, donde un adolescente de 15 años ingresó al plantel y mató a dos profesoras en marzo pasado con un arma de alto calibre que ocultó en el estuche de una guitarra?

¿Se habría podido evitar la muerte de una maestra y las lesiones de cinco alumnos en el Colegio Cervantes Campus Bosque, también en Coahuila, cuando un estudiante de 11 años ingresó a su salón con dos armas de fuego y disparó contra sus compañeros antes de quitarse la vida en 2020?

Ningún ataque es igual a otro, aunque sus autores puedan compartir tantas similitudes que algunos casos lleguen a considerarse imitaciones.

En 2016, Sue Klebold, madre de Dylan Klebold, el joven de 17 años responsable de la masacre de Columbine junto con Eric Harris, publicó el libro ‘A Mother’s Reckoning’, en el que narra cómo es vivir con las consecuencias de aquella tragedia. En él afirmaba que, si un chico hubiera matado a su hijo, no dudaría en culpar a sus padres.

Ella lo vivió en primera persona. Su vida también se rompió aquel 20 de abril de 1999, cuando Dylan y Eric abrieron fuego en la escuela y dejaron 13 víctimas mortales y más de 20 heridos antes de quitarse la vida. Sue se hizo las mismas preguntas que ahora nos hacemos muchos. Ella tampoco encontró las respuestas.

La masacre de Columbine marcó un precedente. Dylan y Eric se convirtieron en figuras de culto para jóvenes con tendencias radicales que los imitaron. Los ataques en Estados Unidos aumentaron desde entonces: cada vez más violentos, con más víctimas y mayor exposición mediática. Y la sombra de aquellos jóvenes se extendió por el mundo.

Un ataque ocurrido hace más de un cuarto de siglo nos obliga a replantear nuestros protocolos y a ser conscientes de que nunca terminamos de conocer por completo a las personas con las que convivimos, incluso a los niños que criamos.

Ojalá existiera un protocolo capaz de identificar al asesino que puede germinar dentro de una persona. Pero esa posibilidad, quizá, nunca podremos conocerla hasta que sea demasiado tarde.

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jl/I

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