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La ciencia política después 35 años

En 1991, cuando la Universidad de Guadalajara (UdeG) creó la Licenciatura en Estudios Políticos y Gobierno (LEPG), el mundo parecía caminar en una dirección bastante definida: hacia la democracia. La llamada tercera ola de democratización había transformado el mapa político internacional: caían dictaduras, se multiplicaban las elecciones competitivas, se fortalecían los partidos, surgían nuevas instituciones y el estudio de la ciencia política adquiría una relevancia destinada a acompañar la expansión de la democracia.

México y Jalisco no eran ajenos a ese proceso. La creación de la LEPG respondía, en buena medida, a esa necesidad histórica: formar profesionales capaces de comprender las instituciones, los partidos, las elecciones, el Estado y los procesos mediante los cuales una sociedad transita hacia formas más democráticas de convivencia. Treinta y cinco años después, el escenario ha cambiado: ¿qué debe estudiar la LEPG cuando la democracia ya no puede darse por sentada? Porque el problema contemporáneo ya no es únicamente cómo construir democracias; es cómo evitar que se deterioren.

La ciencia política estuvo concentrada en transición y consolidación democrática. Hoy los protagonismos son: autocratización, erosión institucional, populismo, democracia iliberal, polarización afectiva, captura institucional, concentración del poder y resiliencia democrática. Es el reconocimiento de que las democracias pueden morir de otra manera. Hoy la democracia puede ser utilizada para desmontar algunos límites de la misma democracia. Esto es uno de los desafíos intelectuales de nuestro tiempo.

En 1991, estudiar política significaba fundamentalmente estudiar Estado, gobierno, partidos, elecciones e instituciones. Hoy el poder también circula por plataformas digitales, algoritmos, corporaciones tecnológicas, redes sociales y sistemas de inteligencia artificial. La política ha entrado en la era de la personalización algorítmica: la ciencia política debe entrar con ella.

La inteligencia artificial puede ampliar extraordinariamente las capacidades cognitivas, pero también puede terminar reforzando los prejuicios en lugar de confrontarlos. La ciudadanía ya recibe información compatible con sus convicciones, que puede terminar confundiendo certeza con conocimiento. 

Además de institucional, la política también es emocional, tecnológica, económica y cognitiva. La propia universidad puede convertirse en parte del problema si confunde compromiso político con conocimiento científico. Una universidad pública no debe formar militantes con vocabulario académico. La ciencia política necesita, hoy más que nunca, fricción epistemológica: confrontación de hipótesis, pluralidad intelectual, evidencia empírica, discusión metodológica y capacidad para demostrar que una afirmación propia puede ser equivocada. Ésa quizá sea la gran transformación que debería experimentar la formación política en la UdeG.

La licenciatura nació en 1991 para comprender un país que comenzaba a abrirse a la democracia. Hoy necesita preparar a sus estudiantes para comprender un mundo en el que la democracia vuelve a estar bajo presión. Porque si la primera generación de la LEPG tuvo que aprender cómo construir instituciones democráticas, las nuevas generaciones tendrán que aprender algo más difícil: cómo reconocer las señales de su deterioro antes de que sea demasiado tarde.

Quizá el mayor peligro de nuestro tiempo es que un día descubramos que todavía tenemos elecciones, presidentes, congresos y urnas, pero hemos olvidado para qué servían. Y entonces la ciencia política habrá llegado tarde. En 1991 había que aprender a construir la democracia; en 2026 necesitamos aprender a reconocer cuándo empieza a perderse.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

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