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Cómo limitar al poder

Hay algo interesante en las elecciones estadounidenses el próximo martes: Donald Trump puede ganar una elección y, al mismo tiempo, comenzar a perder el poder. La aparente contradicción sólo existe cuando se confunde democracia con mayoría. En una democracia constitucional, ganar permite gobernar; no permite gobernarlo todo.

Las señales antes de la jornada electoral favorecen a los demócratas en la Cámara de Representantes. La economía, el costo de vida y la aprobación presidencial juegan en contra de los republicanos. El Senado, en cambio, ofrece un terreno mucho más favorable al Partido Republicano. El escenario más probable es un Congreso dividido: una cámara demócrata frente a un Senado republicano.

Una cámara controlada por la oposición significaría investigaciones, comparecencias, citaciones, negociación presupuestaria y una vigilancia mucho más incómoda sobre la Casa Blanca. Esto limitaría el margen de maniobra de Trump. Y ahí está precisamente la diferencia entre una democracia constitucional y un régimen construido alrededor de un liderazgo.

El poder democrático tiene una característica que los líderes personalistas suelen detestar: es reversible. Un gobernante interpreta la victoria electoral como autorización para desmontar los obstáculos que impiden realizar su proyecto político. Los populismos de izquierda y derecha comparten esa misma pulsión: quien representa al “pueblo verdadero” tiene derecho a hablar en su nombre y, por tanto, a considerar ilegítimo cualquier contrapeso que limite su voluntad.

Una mayoría electoral no convierte en democrático cualquier acto de gobierno. Tampoco convierte en legítima cualquier reforma institucional. Mucho menos transforma la concentración de poder en virtud republicana. Éste es el punto que suele desaparecer cuando la política se transforma en identidad. Porque una identidad política tiene una extraordinaria capacidad de resistencia frente a la evidencia.

Éste es uno de los fenómenos de las democracias polarizadas: la evidencia puede modificar opiniones concretas, pero difícilmente modifica identidades políticas profundamente arraigadas. El ciudadano deja de preguntarse si su gobierno tiene razón y comienza a preguntarse quién está de su lado.

Por eso la elección estadounidense tiene una importancia que rebasa a Trump. Lo que estará en juego no será únicamente quién controla la Cámara o el Senado, sino si el sistema conserva suficiente capacidad para producir alternancia y límites al poder. Si los demócratas recuperan la Cámara, no significa que Estados Unidos haya derrotado al trumpismo. El trumpismo no es solamente Trump. Es también una coalición social, cultural y política que continuará existiendo, aunque pierda una elección.

Del mismo modo, una eventual derrota demócrata tampoco significaría que los estadounidenses hayan decidido abandonar la democracia liberal. Las democracias no mueren –ni se salvan– en una sola elección. La erosión democrática rara vez llega anunciándose como dictadura. Suele presentarse como una sucesión de excepciones justificadas por una emergencia.

Si los republicanos pierden la Cámara, el mensaje será inequívoco: incluso un presidente tan poderoso como Trump puede encontrar límites electorales. Si además perdieran el Senado, el mensaje sería todavía más fuerte: el electorado estaría reconstruyendo, mediante el voto, los contrapesos que el Ejecutivo intenta reducir.

Las elecciones intermedias estadounidenses pueden convertirse en algo más que un castigo a Trump: en una prueba de que una democracia todavía puede utilizar el voto para contener al poder que ella misma eligió.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

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