Durante mucho tiempo, la ciencia política ha estudiado instituciones, ideologías, partidos, elecciones y estructuras sociales. La psicología política ha introducido una variable menos confortable: la personalidad de quienes aspiran al poder. El libro de Annika Nai y Jennifer Maier ‘Política oscura: la personalidad de los políticos y el futuro de la democracia’ (2024) constituye uno de los estudios comparativos más relevantes sobre la relación entre personalidad de los dirigentes políticos, comportamiento electoral y funcionamiento de la democracia.
Nai y Maier intentan responder a la inquietud planteada: ¿qué tipo de personalidad tienen quienes compiten por el poder y qué consecuencias representan para la política y la democracia? Los autores parten la “triada oscura” (dark triad), formada por narcisismo (grandiosidad, necesidad de reconocimiento y sentimiento de excepcionalidad); maquiavelismo (cinismo, cálculo estratégico y manipulación interpersonal); y, psicopatía (frialdad afectiva, baja empatía y tendencia a la transgresión).
Si bien la investigación muestra que las personalidades políticas no son homogéneas, las autoras construyen perfiles de numerosos dirigentes y candidatos, entre ellos Donald Trump, Boris Johnson, Vladimir Putin, Angela Merkel y Emmanuel Macron, para mostrar la diversidad de configuraciones personales que pueden encontrarse entre quienes ocupan posiciones de poder.
Las autoras encuentran que los políticos con rasgos más oscuros aparecen con mayor frecuencia entre los populistas, quienes tienden a emplear formas de comunicación más agresivas. Entre las características asociadas aparecen: ataques contra adversarios; negatividad; incivilidad; provocación; exageración; apelaciones al miedo; y, transgresión deliberada de normas de comportamiento político.
El hallazgo es particularmente interesante porque sugiere que la “oscuridad” no se limita a una característica psicológica individual: puede manifestarse en un estilo político reconocible. Podría suponerse que una personalidad agresiva, manipuladora o antagonista constituye una desventaja electoral. Sin embargo, los políticos oscuros que ya ocupan el poder pueden obtener mejores resultados electorales que los primeros. Claro que la eficacia de una personalidad oscura depende del contexto institucional y electoral.
Por otro lado, las autoras se preguntan si todos los ciudadanos reaccionan de la misma manera ante los políticos oscuros. Existen personas particularmente receptivas a determinados perfiles oscuros; además, los ciudadanos con actitudes populistas tienden a valorar más favorablemente a políticos con características oscuras. Aparece entonces un fenómeno de afinidad entre personalidad del líder y características del elector. Esto es, determinadas predisposiciones psicológicas y políticas pueden hacer que ciertos ciudadanos sean más receptivos a dirigentes con estilos agresivos, transgresores o antagonistas.
Nai y Maier asocian el liderazgo oscuro con mayor cinismo y polarización afectiva, así como con indicios de deconsolidación democrática y reducción de determinados derechos políticos. De hecho, la personalidad del político puede dejar de ser un atributo individual y convertirse en una variable con consecuencias sistémicas. La verdadera preocupación es cuando la personalidad encuentra instituciones débiles; esto es, cuando la personalidad oscura y el contexto institucional se refuerzan mutuamente. ¿Puede una democracia sobrevivir cuando los incentivos políticos favorecen sistemáticamente a quienes transgreden, polarizan y personalizan el poder?
Las autoras establecen que una personalidad oscura florece en una sociedad que premia la transgresión, recompensa la polarización y convierte al líder en objeto de identificación emocional. ¿Qué sociedad está dispuesta a favorecerla y qué clase de instituciones a tolerarla?
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