La semana pasada terminé la columna preguntando: “¿Qué sociedad está dispuesta a favorecer y qué clase de instituciones a tolerar (a un político oscuro)?” Una posible respuesta es propuesta por ‘The Social Roots of Delusions’ (2026), de Daniel Williams, Sam Wilkinson y Kengo Miyazono. En apariencia, la pregunta parece psicológica, pero termina siendo profundamente política.
Aunque en apariencia el delirio es personal, los seres humanos somos animales sociales y mucho de lo que creemos depende de nuestro entorno. De él aprendemos, confiamos o desconfiamos y modificamos nuestras convicciones a partir de lo que los demás expresan.
La sociedad ayuda a conocer el mundo, pero también a equivocarnos. Puede ampliar nuestra capacidad para comprender la realidad o construir un discurso en el que algunos hechos dejan de tener importancia porque contradicen aquello que el grupo necesita creer. Es, lo que los autores llaman, “el carácter social de las creencias consideradas delirantes”.
Hay creencias colectivas que se mantienen (y se fomentan) aunque la evidencia las contradiga. No por falta de razonamiento, sino porque las creencias cumplen otras funciones: proporcionan identidad, pertenencia, reconocimiento o protección; demuestran fidelidad al grupo y distinguen a los amigos de los enemigos. Abandonar una creencia puede significar perder estatus, romper vínculos o ser acusado de traición.
Una sociedad polarizada transforma las opiniones en señales de identidad. Así, una afirmación es verdadera (o falsa) si pertenece a “los nuestros” o a “los otros”. La evidencia adquiere entonces un valor político. Si confirma nuestras convicciones, la consideramos prueba. Si las contradice, buscamos desacreditarla, cuestionar a quien la presenta o atribuirle intenciones ocultas.
Las redes sociales aceleran el proceso, aunque antes de Internet ya existían rumores, propaganda, dogmas políticos, fanatismos religiosos y comunidades cerradas capaces de convertir la repetición en evidencia y la lealtad en criterio de verdad (nazismo).
Si bien una democracia puede sobrevivir a la equivocación, el peligro surge cuando una comunidad desarrolla mecanismos para impedir que sus errores puedan ser corregidos. En ese momento la discusión pública comienza a perder su naturaleza deliberativa. Ya no se intercambian razones para descubrir la verdad. La política se transforma entonces en una batalla por imponer realidades.
El líder adquiere una función importante en este proceso. Puede ser el intérprete para denunciar al culpable, quién pertenece al pueblo, o es enemigo; qué instituciones son legítimas y cuáles deben desaparecer. Sus seguidores no solamente reciben información; reciben un marco para interpretar toda información futura.
Aquí, los autores advierten una dimensión democrática relevante: la irracionalidad política puede aparecer porque el entorno social en el que razonan les proporciona incentivos para no hacerlo. La inteligencia puede convertirse en una herramienta para racionalizar aquello que la identidad ya decidió.
De ahí que una democracia necesite de una cultura pública capaz de tolerar la duda, admitir el error y aceptar que cambiar de opinión no constituye una traición. Cuando una sociedad llega al punto en que la lealtad importa más que la evidencia, la fábrica social del delirio ya está funcionando. El control autoritario inicia asfixiando la libertad de pensamiento mediante el miedo y el castigo.
Fe de “ratas”: Una corrección: los autores del texto ‘Dark Politics’ citado la semana pasada son Alessandro Nai y Jürgen Maier. ‘Mea culpa’.
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