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Ellas y el silencio 

Calladitos nos vemos más bonitos. 

El tiempo nos alcanzó como individuos y sociedad. Tantos y tantos años de acallar las voces de las mujeres, de provocar sus mayores conflictos, de ataques físicos y verbales, de proteger la desigualdad en cada uno de los ámbitos, de decidir (absurdamente) sobre su cuerpo, de limitar su desarrollo en ámbitos tan disímiles como lo profesional, lo político y hasta lo religioso. 

Así es. Los violadores somos los varones. Cada uno de nosotros por acción u omisión. 

Es momento de acudir a un proverbio acreditado a Shakespeare: “Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”. Es tiempo de saberse secundario, de creer y apoyar cada uno de los reclamos. 

Urge entrar en un proceso de transformación cultural. Desmontar nuestros prejuicios y construir nuevas masculinidades donde la congruencia será el mayor de los retos. Respetar, callar y hacer. 

Entre los innumerables casos de violencia de género se encuentra hoy el de la escritora Elena Poniatowska. La intelectual compartió que detrás del nacimiento de su primer hijo, Emmanuel Mane Poniatowski (en 1955) hay un ataque sexual por parte del cuentista Juan José Arreola. 

Poniatowska relató en Excélsior que visitaba al jalisciense una vez a la semana en su departamento de la calle Ganges, en la Ciudad de México, donde “lo encontraba pintando su tablero de ajedrez”. La nota cuenta la admiración que ella sentía por él y la convivencia que tuvieron hasta la tarde en que la atacó sexualmente. “Él usaba su capacidad de convencer, de ser muy seductor, para hacerle daño a la gente”, afirmó la cronista. 

No fue el único caso. La pianista Tita Valencia identificó a Arreola como el hombre cuyo maltrato psicológico la arrastró a la locura y quebró su carrera literaria. 

La familia Arreola envió una carta al “periódico de la vida nacional” afirmando que “en ambos casos –no entendemos el por qué– el tiempo parece haber afectado a la memoria”. Así la reacción… así la familia Arreola eligió darle la espalda a la oportunidad de reservarse. 

Tales agresiones han sido hoy representadas por frecuentes manifestaciones feministas. La periodista tapatía Gabriela Aguilar escribió que “hubo marchas, gritos, lágrimas, rabia, frustración, sentimientos contenidos y sentimientos desbordados. También hubo pintas y destrozos en espacios públicos. Los hombres hablaron, consignaron, señalaron, se escandalizaron... ‘¡Pobres de los monumentos, esas no son formas!’, ‘¡Así no, mujeres!’. Su masculinidad es tan frágil que no permite una revisión a su comportamiento. Su masculinidad es tan frágil que un simple accidente vial provoca la furia de un sujeto que agrede y daña el vehículo de una mujer”. 

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“Qué bien que Karen volvió porque estaba viva y viviendo, ojalá ese fuera el desenlace común: que todas regresaran vivas, que fuera falsa alarma. Qué mal que algunos odien tanto a las mujeres que las quieren ver muertas y calladas, también en vida”. 

La escritora Alma Delia Murillo pone un clavo más en la tumba de la misoginia nacional. 

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La columnista Sofía Orozco fue contundente: “Diez mujeres son asesinadas al día en el país. El único común denominador entre ellas es estar en el segmento de población ‘equivocado’”. 

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“El lenguaje incluyente está opacando los problemas de fondo: de verdadera discriminación, de brechas salariales, del derecho al aborto. Es peligroso porque aplaca la conciencia de los machos y nosotras creemos que tenemos visibilidad”. 

La lingüista y filóloga Concepción Company retoma un tema mayor: la permutación del idioma. 

acs@ntrguadalajara.com

jl/I