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El liberal que anhela la dictadura

Nadie que se precie de ser demócrata y liberal debería extrañar tiempos políticos en los que la alternancia partidista, las elecciones libres y la libertad de prensa fueron una simulación y un juego retórico. A las nuevas generaciones de mexicanas y mexicanos quizá les suene muy extraño, pero habrá que decirles que hace apenas algunas décadas los anhelos nacionales caminaban por los senderos del voto libre, la apertura del sistema de partidos y la ruptura de una implacable hegemonía que sometía todo lo que tocaba, incluidos los medios de comunicación y los intelectuales. Las redes sociales no existían en ese mundo. 

En 1990 el escritor peruano Mario Vargas Llosa vino a México y calificó a nuestro país como una dictadura perfecta: “La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México. Tiene las características de la dictadura: la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido. Y de un partido que es inamovible”, espetaba el autor de La ciudad y los perros frente a un auditorio atónito. 

La mesa en la que Vargas Llosa exponía esas ideas era moderada por Enrique Krauze, el discípulo más aventajado del poeta e intelectual Octavio Paz, que también estaba presente. Sin embargo, el premio Nobel de literatura en el 2010 olvidó las cortesías y los riesgos y arremetió contra el sistema político mexicano y el eficaz PRI de entonces: “Yo no creo que haya en América Latina ningún caso de sistema de dictadura que haya reclutado tan eficientemente al medio intelectual, sobornándole de una manera muy sutil”. Así, en dos párrafos, Vargas Llosa deconstruyó la realidad del país, puso en su lugar al poderoso presidente Salinas –que se presentaba como demócrata– y a los propios intelectuales que lo habían invitado. 

El 9 de julio pasado, 31 años después de aquel (des)encuentro, Enrique Krauze afirmó: “Nunca pensé que yo iba a extrañar –muy moderadamente– la ‘dictadura perfecta’, porque hay algo peor que es la dictadura sin adjetivos… que es la dictadura a la que siempre tiende el populismo”. Una frase brutal –proviniendo de un intelectual– que revela muchas cosas. 

Nadie podría poner en tela de juicio la relevancia de Enrique Krauze como historiador y como creador y editor de la revista Letras Libres, una de las plataformas del pensamiento, la reflexión política, la cultura, las artes y la literatura más importantes de las últimas décadas en México. Sin embargo, hoy Enrique Krauze, el historiador, se ha convertido en un icono y estandarte de una oposición que suspira por el pasado. 

Como liberal, Krauze debería apreciar y reconocer que, en México, más allá de los dislates discursivos y el estilo personal de gobernar de AMLO, existen garantías democráticas: alternancia partidista, respeto a la voluntad popular –lo más importante en una democracia–, estabilidad política, un modelo de libre mercado, apalancado por un tratado de libre comercio recién firmado. En México, le pese a quien le pese, existen libertad de prensa y libertad de expresión, Carmen Aristegui, Jorge Ramos, El Universal y Reforma son muestra clara de ello, ejercen con total libertad su derecho a criticar y cuestionar al gobierno en turno y al presidente. 

No encuentro entonces un solo rasgo totalitario o dictatorial en las acciones del gobierno federal y en la realidad política de México. En la pasada elección quedó claro, la oposición ganó en nueve alcaldías de la Ciudad de México y se llevó Nuevo León y casi la totalidad de Jalisco. Entonces no me resta más que preguntarme: ¿qué es lo que extraña el liberal Enrique Krauze de aquella dictadura perfecta? Y ¿por qué se siente tan incómodo con un gobierno que, en la práctica diaria, no atenta contra las libertades de nadie? Es muy difícil entender que un liberal empedernido extrañe una dictadura. 

juanluishgonzález@gmail.com

jl/I