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La muerte de la naturaleza

Nos cuesta trabajo imaginar la muerte de la naturaleza. No es algo que se piense todos los días, por eso tampoco nos preocupa. Pero las causas y los síntomas de su muerte inminente, están ahí, frente a nuestros ojos. La muerte diaria del árbol no nos permite ver la agonía del bosque.

Somos parte, activa o pasiva de esa constante destrucción de lo que nos rodea. Convertimos a nuestro entorno de animales y árboles en el enemigo a vencer. Nos convencimos de que sólo exterminando a cualquier otro ser vivo, nos aseguraríamos el triunfo, la supervivencia de nuestra especie.

Escogimos al paisaje yermo, desolado y gris como nuestro medio ambiente. Lo artificial es nuestro hogar.

Transcribo íntegra, la primera parte de El bosque que muere, un texto que Claudio Magris escribió en 1986, hace ya 33 años, sobre la muerte de cientos de árboles en la Selva Negra alemana, ese mítico espacio de la geografía europea, en donde se entrelazan la leyenda, la literatura y la historia con la naturaleza:

“En el segundo Fausto, Goethe, el cantor de la eterna fuerza generadora de la naturaleza, parece dar pábulo a la irónica y dolorosa sospecha de que la sociedad moderna haya suplantado o esté a punto de suplantar a la naturaleza. En una burlona y grotesca mascarada, representa el triunfo de lo artificial sobre lo auténtico, de la moda sobre las estaciones, de lo contrahecho sobre lo natural; las flores ya no crecen obedeciendo a la antigua ley de su brotar y marchitar, sino conforme a las exigencias y conveniencias del mercado, que interfiere con prepotencia en el ciclo natural y lo altera a placer. Ambiguo y sibilino en todo momento, Goethe no deja entender claramente si ésta es una auténtica y definitiva derrota de la madre naturaleza o uno de sus trucos demoniacos; si de veras los hombres se salen de su surco y la devastan o bien obedecen inconscientemente, también en esta profanación, a su juego, a su pantomima. La naturaleza -que genera flores y asimismo el huracán que las destruye- puede crear falsas flores e inducir a la inteligencia humana, que inventa el arado y pisa las uvas transformándolas en vino, a fabricar materiales sintéticos usando sustancias creadas por la antigua madre”.

roberto.castelan.rueda@gmail.com

JJ/I